cat tumbado

Que son un poco engreídos, indolentes  o arrogantes no nos cabe duda —aunque siguen siendo adorables—. No se me vayan por la tangente, que no hablo de hombres, sino de gatos. Son conscientes de nuestra presencia, nos oyen perfectamente pero aun así eligen ignorarnos. Bueno, en todo momento no, que son absolutamente solícitos cuando de lo que se trata es de reclamar su comida.

Un grupo de japoneses ha confirmado que, voluntariamente, aunque les llamemos insistentemente, nuestros amigos los gatos pasan olímpicamente de nosotros. Forma parte de su carácter o, mejor dicho, de su pasado esplendor de animales salvajes no domesticados. El concienzudo estudio made in Japan analizó de manera minuciosa todas sus reacciones ante las voces humanas, las de sus amos y las de desconocidos.

Y nada, aunque mostraban evidentes signos de orientación y de reconocer las voces —movimientos de cabeza, orejas, patas, dilatación de ojos, etc— lo cierto es que mayoritariamente su respuesta —a diferencia de los canes— era no moverse de su plácido rincón.

Esta reacción también está avalada por otros estudios. Quizá el más curioso fue el que realizaron unos británicos, que indagaron en el estrés que les causan las caricias de sus amos; u otro relacionando las reacciones de gatos, perros y bebés ante la ausencia de la figura protectora —léase dueño, padre o madre—. Así, mientras los perros acuden ansiosos y felices y los bebés dan síntomas de tranquilidad y relajo ante la llamada del progenitor, el gato, por regla general, que ya conocemos que los hay muy perrunos, da muestras de indiferencia.

Todos, japoneses y británicos, concluyen que son rasgos de la personalidad de un animal que nunca ha aceptado su rol de animal doméstico. Y ello es así porque el binomio de gato/hombre surgió como una relación especial: los humanos toleraban su presencia cuando se hicieron sedentarios porque cazaban los roedores que diezmaban sus graneros. Es decir, a diferencia de los perros, los gatos jamás obtuvieron sustento, sino más bien un coto de caza libre de otros depredadores.

Eso, en conclusión de los investigadores claro… porque el asunto seguro que se presta a todo tipo de enconados debates. Seguro que habrá, con toda la razón del mundo, quien defienda que su gato es fiel, leal y cariñoso y se muere porque su amo le pase la mano por el lomo y le rasque la cabezota. Pero, ¿qué sería de la ciencia sin la controversia?

Lara de Miguel, limnóloga, y Beatriz Baselga, veterinaria

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