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La genética —en especial lo relativo a los cruces genéticos— también se deja llevar por la moda y provoca momentos, cuando menos, para la reflexión.  Miremos a nuestro alrededor y fijémonos, sin ahondar más allá, en nuestro compañero canino. Los tenemos de todos los tamaños, variedades, colores y formas posibles. Ahora bien,  si nos paramos a pensar, la verdad es que algunos de estos especímenes en poco o en nada se parecen a su ancestro el lobo.

Ya hemos escrito alguna vez que el proceso de domesticación de los cánidos tiene que ver con una relación de protección a cambio de comida… pero de ahí a potenciar determinados cruces y generar tras ellos nuevas razas para que se acoplen a nuestros gustos, sinceramente, pensamos que va un abismo.

Lo último es conseguir que a lo largo de su vida luzcan un look de eterno cachorro, como si envejecer fuera algo de lo que tuvieran que arrepentirse. Los anglosajones  denominan “toys” (muñecos) a esas razas como los Yorkshires o Bichones que parecen desafiar en su rostro el paso del tiempo y ahora, con la ayuda del marketing adecuado, los criadores pretenden popularizar un cruce de Cavalier King, Charles Spaniel, Caniche Enano y Bichón Frise que denominan  Cava-poo-chon (acrónimo de Cavalier, Poodle y Bichón) con el reclamo de que el animal es un eterno cachorro.

Dos genetistas norteamericanos avalan a esta especie, que no ha sido catalogada todavía como raza  según la American Kennel Club, aunque todo se andará, seguro. Además, dicen es hipoalergénica —es decir, a prueba de amantes de los chuchos pero alérgicos a su pelo— y vivirá junto a nosotros unos 20 años. Eso sí, todo a un módico precio de 2.000 € por cachorro.

La genética no es la carta de un restaurante donde podemos elegir nuestro menú a voluntad. ¿O sí? ¿Hasta qué punto es éticamente tolerable el permitirnos manipular genéticamente a los animales para crear uno que se acomode a nuestros gustos o a la moda de turno?

Desde luego, parece que eso va un poco más lejos de la propia dinámica de la evolución, que permite sobrevivir a los más preparados y, sobre todo, abre un campo peligroso. ¿Dónde trazaremos la próxima raya? Porque si esta solución vale para los pobres perros, ¿por qué no hacerla válida para los humanos?

No sé, a lo mejor esta reflexión es producto de una mala digestión… pero el asunto es que formamos parte del club que prefiere adaptarse a cómo son los perros y no que ellos se adapten —modificación genética de por medio— a nosotros.

Beatriz Baselga, veterinaria, y Lara de Miguel, limnóloga

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