penicilina

Los antibióticos, en general, gozan de buena prensa. Sin duda, su administración ha contribuido notablemente a prolongar la calidad de vida de los seres vivos en el último siglo y sin ellos la esperanza de vida sería ciertamente más corta.

Genéricamente, se puede decir que son sustancias químicas —creadas por organismos vivos o sintetizadas en el laboratorio— que combaten infecciones provocadas por virus o bacterias. Es decir, son un complemento a nuestro sistema inmunológico realmente eficaz para erradicar determinadas enfermedades.

Pero no se trata del Bálsamo de Fierabrás que todo lo cura.

Ante determinadas infecciones causadas por virus como resfriado, gripe o bronquitis, nada pueden hacer. Y para el resto, se ha comprobado que los organismos contra los que son prescritos acaban haciéndose resistentes a ellos —o a las dosis—. Las diferentes mutaciones espontáneas que surgen hacen que los nuevos individuos de la especie a derrotar estén blindados frente a sus efectos.

Aun así, como decimos, su uso representa uno de los pasos de gigantes que ha dado la Medicina en el siglo XX. Pero vamos con las anécdotas. Seguro que alguna vez escuchó eso de que la combinación de su uso con la ingesta de alcohol es incompatible, y que el alcohol interfiere con los medicamentos.

Nada más lejos de la realidad; estamos ante una de las leyendas urbanas más extendidas y de más éxito, pero todo con fines profilácticos. Y nos explicamos. Se cuenta que este bulo lo hicieron correr los sanitarios durante la Segunda Guerra Mundial para evitar la propagación de una enfermedad venérea y con el objetivo de controlar el acceso de los soldados a los burdeles o a juergas que podrían acabar incitando a la práctica del sexo.

La penicilina por entonces resultaba cara, al tiempo que uno de los medicamentos más eficaces para cortar de raíz las enfermedades de contacto sexual. Así que no se les ocurrió otra idea que prohibir a los pobres soldados consumir bebidas alcohólicas mientras se les administraba el fármaco, bajo la advertencia de que una sola copa lo convertía en inútil. Y funcionó y la leyenda se fue extendiendo.

Pero como en toda leyenda algo de verdad hay en su interior: antibióticos y alcohol son metabolizados en el hígado y cuando se toman a la vez compiten entre sí; es decir, que ese proceso se realiza de manera más lento —los efectos del antibiótico se ralentizan— pero la eficacia es la misma.

De todos modos, lo importante es que se lea bien el prospecto cuando le sean prescitos y que cumpla a rajatabla todo lo relativo a dosis y tiempo de administración. Porque, siendo realmente eficaces, los efectos secundarios de una mala toma de antibióticos pueden ser amplios.

Enrique Leite

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