no fear

Todos, antes o después, hemos vivido situaciones que nos han erizado los cabellos. Vamos, que hemos sentido el miedo en nuestra piel. Menos, afortunadamente, son los que se han sentido paralizados por este sentimiento, lo que conocemos como sufrir un ataque de pánico.

Sabemos desde hace tiempo que el miedo forma parte de los mecanismos de defensa —de autodefensa— que tenemos la mayoría de los animales.  Gracias a él nos mantenemos en alerta y conseguimos bombear un mayor torrente sanguíneo hacia nuestros músculos, lo que a la postre nos dota de un punto extra de reacción ante ese mal que, real o ficticiamente, nos invade.

Desgraciadamente, estos trastornos pueden transformarse en crónicos: se estima que un 5% de los humanos lo padecen (la cifra puede subir al 30% si lo relacionamos de manera genérica con los trastornos de ansiedad). 

Lo que no conocíamos es que existe un gen que nos predispone a tales estados. Y ya sabemos que todo lo relacionado con los genes abre nuevos campos no solo para la investigación, sino también para su tratamiento. Los investigadores han encontrado al ntrK3 al frente de tales estados. Es quien abre la puerta a la memoria del miedo y fallos en su funcionamiento le hacen el directo responsable de esos incontrolables ataques de miedo que nos llegan a provocar  taquicardias, sudores fríos, mareos, sensación de ahogo, hormigueos, náuseas o dolor de estómago, entre otra sintomatología.

Todo sucede en el hipocampo, en área cerebral donde se forman los recuerdos y donde procesamos las informaciones contextuales. Es decir, donde relacionamos determinados contextos o situaciones concretas que en algún momento de nuestra vida nos hayan producido miedo. De la respuesta fisiológica se encarga la amígdala. Esa información se queda grabada en nuestro disco duro.

Lo que han determinado en este estudio es que las personas que padecen pánico lo sufren porque existe una sobreactivación del hipocampo y alteraciones en el circuito de la amígdala. Y este funcionamiento exagerado hace que algunas personas  sobrestimen el riesgo ante una situación, se les disparen los mecanismos del miedo y, sobre todo, que sean capaces de almacenar esa información —en ese caso negativa— de modo permanente.

Ahora lo que toca, descubierta la tecla que desconfigura nuestras percepciones, es actuar sobre ella y lograr un funcionamiento correcto de nuestro miedo. Un poco de adrenalina puede resultar conveniente pero una sobredosis nos puede llevar directamente al camposanto.

Eduardo Costas, catedrático de Genética, y Enrique Leite

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