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Dice el dicho popular que en el amor y en la guerra todo vale y para muestra el curioso romanticismo femenino que esgrime una especie de hembra de mono capuchino: lanzamiento de pedruscos, al mono entre los monos, al objeto de su deseo.

Los capuchinos son unos primates de pequeño tamaño, miden unos 60 cm. y pesan algo más de 3 kilos. Portan un pelaje denso y oscuro en la cabeza, cual capucha, que les otorga el nombre (Cebus capuchinos). Habitantes de Sudamérica, son distinguidos desde hace años en el entorno científico por ser los primeros primates no homínidos que utilizan herramientas. Chimpancés y gorilas, próximos al hombre en la cadena evolutiva, poseen esta  habilidad instrumentista, pero los monos-clavo son parientes lejanos de un tronco que se bifurcó hace más de 30 millones de años.

Los capuchinos emplean piedras en su vida diaria. Las utilizan de forma instrumental, ya sea para abrir frutos secos duros y excavar como para desanimar a depredadores con el ruido provocado al lanzarlas contra el suelo. Como prueba de su  inteligencia, la fuga orquestada por varios de estos  primates de un zoológico brasileño, donde consiguieron romper las cerraduras carcelarias valiéndose de piedras.

Pero volviendo a lo que nos ocupa, un documental de la BBC y Discovery Channel ha registrado la melodía de seducción de las hembras capuchinas del Parque Nacional Sierra de Capivara en Brasil. Desprovistas de las típicas señales que poseen otras congéneres para anunciar su disponibilidad, como el olor o la protuberancia genital, estas monas llaman la atención a su manera. Y es que cuando el físico no acompaña, cada uno echa mano de sus puntos fuertes. En el caso de las capuchinas, expertas en lanzamiento de piedras con precisión, destreza  trasmitida generacionalmente, no podía ser de otro modo.

Las capuchinas sexualmente ardientes corretean hacia el macho de sus delirios haciendo muecas y lanzado grititos invitadores, les tocan levemente y salen disparadas como en el juego de pilla-pilla. “Te la quedas” parecen decirles y ellos impertérritos mordisqueando frutos, impasibles. Estos machos se hacen de rogar o son especialmente obtusos. ¿No entienden  las señales?

A prueba de desaliento y cansadas de sutilezas, atrapan piedrecillas y, traviesas, las proyectan alentando la persecución del macho. Inspiran ternura las monillas contemplando al amado, pedrusco en mano, balanceando el brazo mientras deciden dar el paso definitivo, el saltito con el que arrojaran con cierta delicadeza, solo cierta, el pedrusco en su pierna o lomo… tan levemente que algunos ni se enteran. ¡Ay señor!

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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