silent

Los que nos ponemos delante de un auditorio de alumnos sabemos lo incómodo que resultan esos momentos que transcurren desde que traspasamos el umbral de la clase hasta que cesan los murmullos y reina el silencio para poder iniciar la clase. Esos, o aquellos ruidos provocados por los parlanchines contertulios que se parapetan en las filas del fondo.

Más allá de las miradas inquisitorias, el calculado paseo o los chisteos o llamadas a que cesen las conversaciones, a menudo nos gustaría contar con un interruptor que, al activarlo,  acallara de pronto todas las voces molestas.

Parece que ese comportamiento es habitual en todo el mundo, como también lo es la fea costumbre de no dejarte terminar una frase en una conversación. Siempre existe alguien que se siente en la obligación de cortarte el discurso para matizar o aportar información nada pertinente. Y como los japoneses son unos maestros en lo expeditivo han dado con una solución… polémica, pero solución al fin y al cabo: una maquinita que hace que una persona deje de hablar en cuestión de segundos. 

Esta pistola del silencio se basa en el principio de que no somos capaces de hablar cuando escuchamos nuestras propias conversaciones con un retardo de una fracción de segundo, algo que saben bien los locutores de radio y televisión cuando el auricular que se ponen para comprobar que el sonido está saliendo al aire no está bien sincronizado.

El dispositivo, llamado SpeechJammer, consta de un micrófono que graba un fragmento de una conversación, y un amplificador y un altavoz que lo reproduce apenas 0,2 segundos más tarde. Basta con dirigir el aparato en dirección a la fuente del ruido.

Los investigadores aseguran que lo han probado y que funciona, y que cuando se pone en marcha, el vecino molesto y vocinglero deja de hablar en el momento. Según sus inventores, estamos ante un ingenio cuyo objetivo es mejorar la dinámica de una discusión o un debate. Un instrumento para educar y enseñar a la gente que la dinámica de una conversación precisa de un emisor y un receptor, y que ambos deben respetar los turnos de palabra.

Creado el ingenio, lo que no está tan claro es a quién darle la autoritas para su manejo. Porque, ciertamente, aunque reclamo silencio en mis clases, soy consciente de que no siempre resultan lo suficientemente atractivas para que me sigan como niños escuchando un cuento —la falta de atención o la distracción de los alumnos son un acicate para mejorar mi capacidad de exposición de los temas— y que, desde luego, estar situada en la tarima no me da derecho sobre voces ajenas.

Camino García Balboa, química

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