OLYMPUS DIGITAL CAMERAA nuestras mascotas caninas les conferimos un carácter rayando en lo humano. Hay quien los considera no solo uno más de la familia, sino “humanos con pelo”, como un hijo con carácter de permanente indefensión, lo que les otorga encanto añadido. Su empatía, que supera muchas veces la de las personas con quienes convivimos (“es porque no son rencorosos”, dicen algunos) nos hace en ocasiones exclamar: “¡Solo le falta hablar!”.

De la lista de habilidades que los dueños soñamos conceder —y que algunos consiguen— a nuestros compañeros podríamos enunciar: que aprendan a usar el inodoro, que  crucen las calles solos y traigan el periódico y el pan sin zampárselo por el camino, que utilicen su peluda cola para quitar el polvo y abrillanten el parqué con sus patitas y un trapo… La lista puede ser interminable, dependiendo de la excentricidad y originalidad del dueño. Casi todas esas cosas las consideramos posibles con adiestramiento, salvo que nos digan lo que sienten; eso pretendemos inferirlo de su comportamiento. Conozco una mestiza cuya dueña asegura que siente vergüenza cuando le pone un collar rojo intenso y, en protesta, rechaza salir a pasear; y  al dueño de un braco alemán que afirma que bosteza cuando se estresa.

La industria, conocedora de nuestra debilidad, no duda en promover avances y estudios científicos para rentabilizar esta flaqueza. El último nos deja atónitos. 

Un grupo de investigadores escandinavos se ha propuesto dotar a nuestros amigos del don de la palabra. Para ello, valiéndose de lo último en electromiografía y microcomputación han conseguido medir las señales eléctricas del cerebro canino e interpretarlas siguiendo unos patrones. Es decir,  realizando un análisis del pensamiento o, mejor dicho, de la emoción  animal y traducirlo al lenguaje verbal humano. La Sociedad Nórdica para la Invención y el Descubrimiento comercializará la primera versión de  No More Woof (“No más ladridos”) en la que se aíslan, de momento, la sensación de cansancio (“estoy cansado”), enfado, hambre (“tengo hambre”) y curiosidad (“¿quién es usted?”).

El dispositivo consta de un aparato, una especie de cascos, como los utilizados para escuchar música, que  transporta las señales a través de sensores convirtiéndolas en palabras, que reproduce un altavoz acoplado. De momento, el artilugio es bastante aparatoso. Imagino que la investigación avanzará hasta adaptarlo en el collar a modo de microchip. El invento traduce las emociones de su mascota al inglés, francés, español y mandarín; pero ya trabajan para ampliar el abanico de voces  apropiados a las diferentes razas y voluntades de los dueños.

Nuestras canes ganan terreno en la carrera por humanizarse. Les bautizamos con nombres humanos, Néstor, Eva, Curtís, aunque a nuestros consortes les nombremos con diminutivos como cuqui, txiki, peque; les acicalamos con perfumes de sabores y cubrimos sus cuerpos, peludos o no,  con todo tipo de indumentarias; impermeables, sudaderas,  braguitas para el celo o lacitos para el pelo. Todo un surtido que incluye artículos de lujo. Ahora podremos también comprarles su propia voz. Imaginen a excéntricos mascoteros eligiendo software con la voz de su actor o actriz fetiche. ¿Y en el parque? En lugar de ladridos y jadeos, escucharemos voces de todo tipo, mientras corretean o retozan, emergiendo bajo su fija mirada. ¿Y si aprendemos a descifrar lo que opinan de nosotros? Ya veo a Kalua, mi perrita, volviéndose ante mi llamada cuando se aleja tras un rastro para decirme: “Deja de gritarme. No seas histérica. No voy a ninguna parte”.

Cuidado con lo que deseamos. Ya ven que puede hacerse realidad.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

 

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