cepillo dental

La cara es el espejo del alma y la sonrisa define nuestro estado de ánimo. Quizá por este motivo, los humanos nos preocupamos en que tanto rostro como dentadura luzcan lo mejor posible. Y en cuestión de dentadura, nada como unos dientes blancos y relucientes para mostrar que estamos en las mejores condiciones posibles.

El esmalte de nuestra dentadura es un reflejo de nuestra edad. El paso del tiempo y algunos productos de consumo habitual, como tabaco o café, contribuyen de manera decisiva a su deterioro en forma de esa pátina amarillenta que nos avejenta o nos afea.

Las consultas de odontólogos se llenan de personas que además de ocuparse por la higiene bucodental  persiguen otro tipo de tratamientos, bastante costosos por cierto, más estéticos o reparadores, que devuelvan al esmalte ese brillo y blancura natural que hemos ido perdiendo. Aunque ya se conoce que las sustancias blanqueadoras que se utilizan no resultan inocuas y que, a la larga, no frenan el deterioro dental y provocan otro tipo de efectos secundarios.

Un grupo de odontólogos colombianos está probando con éxito con una nueva sustancia, al alcance de todas las economías y sin daños colaterales: la cáscara de huevo. De momento, los trabajos realizados en laboratorio con piezas sueltas están respondiendo al tratamiento.

El esmalte dental es una sustancia mineralizada que, con el paso del tiempo, pierde su contenido celular y, por lo tanto, las posibilidades de autorrepararse o autorregenerarse. Por ello es preciso acudir a la ayuda externa para lograr esa remineralización, básicamente calcio y fosfato, que le devuelva todas sus propiedades.

El tratamiento comienza con la manipulación del material. Se pulveriza la cáscara de huevo y se mezcla con otras sustancias —de momento, secreto de sumario—, para formar una pasta. El siguiente paso es aplicarla sobre el diente y dejarla que haga su efecto durante unas seis horas. Pasado este tiempo, una vez que se ha secado y mineralizado, se procede a pulirla. El resultado, según estos investigadores, es comprobable a simple vista: el diente se blanquea.

Ahora bien, estamos ante un comienzo prometedor pero todavía falta un pequeño camino que avanzar para lograr que se estandarice, ya que solo se ha probado con material procedente de extracciones y no se ha probado en pacientes. Según sus inventores, es preciso acortar el plazo de secado y mineralización del material, ya que no parece oportuno tenernos sentados en el sillón del dentista durante seis horas.

No obstante, no parece un obstáculo insalvable. Lo complicado, seguro, será convencer a las industrias del ramo de que otro vademecum es posible, que se pueden obtener beneficios con otros medicamentos y se dediquen a comercializar un tipo de producto que, a priori, es más barato. Seguro que si miran el balance, encontrarán que se puede llegar al mismo camino —lograr beneficios— de dos maneras: con un producto caro y pocos clientes o con un producto barato pero al alcance de todos.

Lara de Miguel, limnóloga

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