cueva

El paso del ser humano por la Tierra abre numerosos interrogantes que siguen esperando una respuesta. Uno de ellos es determinar su paso de animal recolector a cazador. Sin duda, si no fuera por la inteligencia, la naturaleza parece que no nos ha dotado con herramientas para la práctica de la caza como son la fuerza, la potencia o las armas con las que cuentan otras especies.

Ahora bien, ¿este patrón de cazador está determinado por nuestra capacidad de observación e imitación de otras especies? ¿Y después hemos sido capaces de transformar esa información en memoria genética para nuestros descendientes? Parece una hipótesis de lo más lógica. Pero como en ciencia no solo cuenta la lógica, sino que es preciso confirmar cualquier teoría con hechos probados, han hecho falta unos cuantos años y otros tantos estudios para su posible verificación.

Un equipo de antropólogos norteamericanos ha descubierto increíbles similitudes en los movimientos de caza entre una tribu africana y el que utilizan tiburones y abejas. Un patrón matemático que se denomina el “vuelo de Levy“. La ecuación viene a decir que después de un número de pasos, la distancia tiende a una distribución estable.

De hecho, esta fórmula genéricamente enmarcada en las teorías del caos se aplican a numerosos fenómenos tan dispares como los análisis de terremotos, las matemáticas financieras, astrología, biología o física. En general, se trata de conocer si los fenómenos estocásticos —aleatorios— responden a patrones matemáticos.

En el caso de los cazadores, el sistema parte de un movimiento común que se va repitiendo:  la exploración de una pequeña área con movimientos cortos para pasar a realizar una larga marcha que les traslada hacia otra zona.

Los investigadores creen que se trata de un patrón aprendido, pero que se ha añadido a nuestros genes de tal modo que se repetiría en cualquier otra tribu con independencia del ambiente, del entorno. Estiman que esta manera de moverse no está limitada solo a la captura de alimentos, sino que también se reproduce de manera automática cuando los civilizados deambulan por un parque o cuando vamos al trabajo: caminatas cortas a las que precede un desplazamiento más largo.

De momento, se trata de una curiosidad probada, pero el asunto tiene su miga, ya que al margen de las teorías matemáticas, incorpora más elementos al debate, entre los que se apuntan a que todo está determinado genéticamente frente a quienes defienden que todo está marcado por el entorno.

A ver si, con un poco de suerte, también encontramos la fórmula que nos permita subir la cuesta de enero —y de febrero— sin agobios.

Enrique Leite, periodista, y Eduardo Costas, catedrático de Genética

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