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O pegamos un nuevo salto evolutivo como especie o la llegada de las nuevas tecnologías y el modo de vida moderno acabará siendo la fuente de nuevos males y problemas de salud para el Homo Sapiens. Los optimistas  solo se fijan en una de las caras de la moneda: todos los avances que la genómica y la biomedicina están trayendo para acabar con viejas y mortales enfermedades. Pero existe una cara B.

Obviando asuntos más complejos, como que el desarrollo económico de una parte del planeta está condenando a la malnutrición y muerte de la otra mitad, o que la falta de solidaridad internacional está convirtiendo en pandemia en el tercer mundo males que están controlados en el mundo desarrollado —como el sida—. Lo cierto es que nos enfrentamos a un panorama donde seguiremos conviviendo con plagas bíblicas.

El principal grupo de enfermedades del siglo XXI tiene que ver con los hábitos de vida y alimentación: el sedentarismo y una dieta rica en glucosa hace que tanto las enfermedades de carácter cardiovascular como la diabetes debieran encabezar la lista de los problemas a controlar.

Del mismo modo, la contaminación ambiental ataca directamente a nuestro sistema respiratorio y si no ponemos remedio, las generaciones venideras serán más vulnerables ante la inflamación de las vías respiratorias; y con ella, el asma y la neumonía —las bacterias se están blindando contra los antibióticos— se antojan como otros de los males que nos acechan.

No todo será físico; también nos amenazan otro tipo de enfermedades fruto de un modus vivendi para el que no estamos creados, que acaba alterando el funcionamiento de nuestra máquina biológica: el estrés, además de provocarnos ansiedad y en algunos casos depresión, produce cambios químicos en el cuerpo que, a la larga, se traduce en enfermedades cardiovasculares y problemas de sueño —y ya sabemos lo dañino que resulta modificar los ritmos circadianos—.

Por último, nos enfrentamos a un nuevo tipo de enfermedades: las que provocan el mal uso de la tecnología —sean teléfonos móviles u ordenadores—. Las más comunes, es decir, las que ya conviven con nosotros, son los problemas posturales por una utilización indebida del portátil, la tensión ocular, problemas de visión u ojo seco, el insomnio —dormir con el móvil bajo la almohada tiene consecuencias—, dolencias óseas o musculares en los dedos y articulaciones —eso de manejar el pulgar para administrar nuestros dispositivos o los simuladores de competiciones deportivas—, sordera por el abuso de los auriculares o las adicciones en general a estas tecnologías cuya expresión más habitual es el síndrome de vibración fantasma —pensar que suena o vibra continuamente el móvil— o ese tic de cada corto espacio de tiempo comprobar el estado de nuestros mensajes.

Basten estas, tan solo a modo de ejemplo. El caso es que ante este panorama tan poco halagüeño, como decíamos al comienzo, solo quedan dos caminos: o nos vacunamos contra la tecnología que se nos viene encima —es decir, la utilizamos con inteligencia pero nunca en nuestra contra— o estamos abocados a un salto evolutivo para poder sobrevivir.

Habida cuenta de que la naturaleza es lenta a la hora de programar estos cambios… ¿cuál creen que resultará la decisión más inteligente?

Enrique Leite, periodista, y Eduardo Costas, catedrático de Genética

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