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Los que vivimos en una gran ciudad conocemos bien lo que son las prisas. Nos movemos de un lado para otro a un ritmo vertiginoso, ya sea utilizando medios ajenos o con los propios. O sea, a patita. Detengámonos en lo segundo y piense por un instante: ¿a que el ritmo de nuestra caminata no siempre es constante y varía en función de lo que estemos haciendo? Y si tiene dos instantes, reflexione y caerá en la cuenta de que hombres y mujeres no utilizamos la misma secuencia a la hora de abordar un paseo.

Pues a partir de esos parámetros, actividad y género, se pueden realizar multitud de investigaciones que nos llevan a conclusiones de lo más peregrinas. Por ejemplo, y ahora que estamos inmersos en pleno día de San Valentín, sepan que cuando un hombre está enamorado o siente atracción por una mujer su caminar se vuelve más lento.

En general, el personal masculino tiende a caminar más deprisa que sus contrarias, y lo hace con independencia de que lo haga solo o en compañía. Es una cuestión morfológica que tiene que ver con la longitud de sus extremidades —que hace que los pasos sean más largos—, la potencia muscular —que imprime un mayor ritmo— y que se traduce en energía; o si lo prefieren en términos de automóviles, se revolucionan antes y dan más pasos en el mismo tiempo.

Ahora bien, constatada esta diferencia —para eso se realizó este sesudo estudio—, las pruebas de laboratorio mostraron que el personal masculino no es capaz de aflojar su ritmo de marcha cuando lo hace en soledad o en compañía. Tan solo, galantes ellos, lo relajan un poco —nada significativo— cuando esta compañía es femenina. Aun así, egoistones, llevan a sus pobres compañeras como se dice coloquialmente a “uña de caballo”; o sea, a todo correr.

Pero la excepción que confirma esta regla se produce cuando el hombre pasea junto a su pareja o futura conquista. En ese momento, el galán en ciernes controla sus impulsos y ajusta el paso al de su damisela; es decir, deliberadamente camina más lento, evitando que ella se vea sometida a un gasto energético mayor, ya que no la obliga a ir al galope.

Los científicos le dan una explicación puramente reproductiva: el macho pretende evitar que la hembra consuma esa energía que le será necesaria para las tareas reproductivas, pero lo que a mí me ha llamado la atención de este estudio es que el conquistador ralentice su paso de manera instintiva y que ninguno de los sujetos de la investigación fueran conscientes de este cambio de actitud a la hora de caminar.

Ergo, si quieres saber si un hombre se siente atraído por tí, antes de esperar a que te mande flores o te invite a cenar, prueba con un paseo y controla sus movimientos. Si no te obliga a correr, tienes la confirmación de que ya come de tu mano.

En el fondo, son más claros que el cristal.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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