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La estadística forma parte del quehacer científico, ya lo hemos comentado en varias ocasiones desde estas páginas. Pero un mal tratamiento de los datos da como resultado no solo una mala ciencia, sino también grandes equívocos.

La Ciencia, con mayúscula, consiste en la mayoría de los casos en poner en relación dos o más hechos que están al alcance de todos para obtener conclusiones o demostrar un tercer hecho —la hipótesis de partida— y, para ello, muchas veces, solo hace falta una cierta curiosidad. Pero los científicos también nos dejamos llevar por modas y, en ocasiones, ponemos el acento en demostrar o probar lo que pudiéramos llamar “sabiduría popular”.

Desde Lombrosso y los albores de la criminología, existe una tendencia a relacionar la forma de la cara y la personalidad. En este caso, con conductas delictivas. Pero existen otros estudios simplemente de carácter más general; por ejemplo que las caras anchas en los varones muestran una mayor capacidad para la reproducción y, por ello, resultan más atractivas para la población femenina.

Afortunadamente, como el escepticismo y el relativismo forman parte también del quehacer del investigador, existen grupos que destinan parte de su tiempo a revisar estas teorías. Uno de estos trabajos intentó demostrar si existe una relación entre el tamaño de los rostros y la personalidad desde el punto de vista antropológico.

Para ello, analizaron los restos óseos de unas 5.000 personas  que vivieron en varias zonas del mundo a lo largo de los últimos seis siglos. Un estudio que abarca a 94 sociedades a lo largo de la Historia.

Y lo cierto es que no encontraron ninguna evidencia genética que probara tal aserto. Los investigadores no encontraron pruebas de que los hombres con caras más anchas tuvieran más hijos, ni tampoco que fueran favorecidos por las mujeres a la hora de encontrar marido. En cambio, cuando abordaron otros estudios sobre este asunto, comprobaron que las mediciones no eran correctas —la mayoría utilizaba fotografías para sus estudios y las fotos no dan unas medidas exactas— o que los grupos analizados no eran significativos —las muestras no respondían a un porcentaje de todos los grupos que forman actualmente la humanidad ni tampoco contemplaban un análisis que abarcara diferentes épocas—.

Por ello, estos investigadores alertan de los peligros de asumir que la personalidad de un individuo está determinada genéticamente y que esos caracteres se reflejan en la forma del rostro. En opinión de uno de los autores, “aplicar esos falsos indicadores faciales podría llevar a una suerte de estigma negativo en cuestiones que van desde una entrevista laboral o el ingreso a la universidad hasta un juicio por tribunal”.

Asimismo, advierten de que intentar predecir los comportamientos o personalidad de los humanos atendiendo a la fisionomía de su anatomía facial puede resultar altamente arriesgado. Ya que lo que  prueba este estudio es que “el contexto social y cultural es mucho más determinante para explicar un comportamiento que lo genético”.

Ya ven, no todo es genético. Palabra de un genetista.

Eduardo Costas, catedrático de Genética

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