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La naturaleza humana resulta a veces muy curiosa en sus manifestaciones. En términos de locomoción, estamos diseñados para valernos por nuestros propios medios. Y lo hacemos en función de nuestra particular anatomía y a un ritmo de marcha concreto. Ningún animal —bueno, siempre hay excepciones, que no todos somos igual de vagos— ha nacido para que lo transporten. De ahí que algunos individuos —se trate de racionales o irracionales— sientan mareos debidos al movimiento al realizar un viaje por, digamos, otros medios no naturales.

Marearse en un trayecto de automóvil, barco o avión no resulta algo extraño, aunque lo curioso es que esta pesadilla nunca se experimenta cuando conducimos el vehículo en cuestión. Como tampoco resulta frecuente que se produzca esa incómoda sensación cuando se viaja en el ferrocarril o en el metro suburbano —a pesar del traqueteo continuo y la velocidad— y, en cambio, sea habitual cuando se opta por el barco, el coche o el avión.

El nombre técnico es cinetosis y, básicamente, se trata de un trastorno debido al movimiento producido por la aceleración y desaceleración lineal y angular repetitivas. Es decir, que en nuestro cerebro se produce una confusión de la información que recibe de nuestros sentidos: el cerebro siente el movimiento a través de las señales provenientes del oído interno, los ojos, los músculos y las articulaciones.

Así, mientras los ojos dicen que no nos movemos —en relación al medio de transporte— nuestro equilibrio, el oído, indica lo contrario —por las fuerzas de aceleración—. Y esta confusión provoca que el cerebro se ponga en sistema de alarma. Esas contradicciones subrayan que algo pasa y reacciona con los síntomas de sobra conocidos: náuseas y mareos, sudores fríos, vértigo o el denominado síndrome de adaptación espacial que sufren los astronautas —el tiempo necesario para la aclimatación a vivir sin gravedad—.

Lo realmente curioso es que la ciencia no ha conseguido desentrañar por qué existen individuos sensibles a padecerla mientras que otros se muestran inmunes. Este hecho dificulta enormemente obtener un remedio eficaz para paliar sus causas y, por lo tanto, que los medicamentos que hay en el mercado no puedan garantizar al 100% que su ingesta evitará el mareo.

De hecho, muchos médicos —sotovocce— te comentan que la mayoría de los remedios son un puro placebo, y que lo que hay que conseguir es evitar esa confusión de nuestros sentidos. Por ello, acudiendo a los remedios de la abuela, ante un posible mareo lo mejor es mantener la vista fija en el horizonte y, para evitar los vómitos, procurar que en el estómago no haya muchos líquidos.

Ya ven, en esto del progreso no todo son ventajas.

Beatriz Baselga, veterinaria

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