MIRACLES ROOM

A los humanos nos gustan los milagros, y no me refiero a hechos cuya providencia es de origen divino o sobrenatural —que también—, sino más bien a esas otras ofertas variopintas de pócimas, bebedizos y cápsulas capaces de mejorar nuestro aspecto físico, regular nuestro peso y acabar con todo tipo de dolencias en un abrir y cerrar de cartera. Es decir, elixires con poderes extraordinarios que convertirán nuestros sueños en realidad con poco o ningún esfuerzo por nuestra parte. Debe ser porque en el fondo somos algo vaguillos.

Pues bien, uno de tantos estudios sobre el uso de placebos asegura que lo que induce a las personas a adquirir determinados productos maravilla es la creencia o promesa de que, al menos, no nos harán daño. Por aquello de que el remedio no sea peor que la enfermedad. El trabajo, realizado por la Universidad de Deusto, consistió en un juego online en el que los participantes podían prescribir, o no, a sus virtuales pacientes una medicina novedosa pero sin valor terapéutico. El truco era que los improvisados galenos desconocían que la medicina no era tal y que el grueso de los pacientes sanaría con o sin tratamiento.

Los jugadores optaron por el falso medicamento con mayor prevalencia cuando este se publicitaba libre de efectos secundarios. Pero lo curioso es que el uso repetido del falso remedio aumentaba la percepción de eficacia en los sujetos. Los investigadores achacan este comportamiento a una interpretación irracional de la realidad y, para evitarlo, animan a educar a la población en el uso de medicamentos que, aunque contengan otros efectos, sí han demostrado su eficacia farmacológica.

Seguro que muchos de ustedes han desistido en alguna ocasión de comenzar o continuar un tratamiento tras leer el apartado del prospecto dedicado a los temibles efectos secundarios a los que nos exponemos como si de la ruleta rusa se tratase. En ocasiones, son para echarse a temblar. De ahí que los más pesimistas, convencidos de reunir todas las papeletas para ser víctimas de las más graves consecuencias, aunque estas solo se describan en porcentajes ínfimos, escojan lo increíble en detrimento de lo terapéutico.

Mi consejo es que la próxima vez que, llevados por la indolencia, decidan confiar en artículos portentosos, recuerden que la ausencia de efectos secundarios puede acompañar en realidad la ausencia total de efectos.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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