aggressive

Toda moneda tiene dos caras. En el comportamiento humano esas dos facetas, ese ying y yang, se traduce en que siempre existe un antagonismo: lo bueno y lo malo… Lo realmente curioso es que parece que los caminos por donde surcan este tipo de emociones, la positiva y la negativa, suelen transcurrir en paralelo por nuestro cerebro y gozan de numerosos elementos comunes.

Esto ya se demostró en relación al amor y al odio y las investigaciones en curso también prueban este denominador común entre la empatía y la agresividad o violencia. La especie humana se puede considerar como la más violenta de las que pueblan el planeta —somos capaces de matar por el mero placer de hacerlo y además estas atrocidades las ejecutamos en masa— pero también resultamos los animales más empáticos —somos capaces de ponernos en lugar de quien tenemos enfrente y asimilar sus sentimientos—.

La investigación ha contrastado que tanto agresividad como empatía se controlan desde la corteza prefontal, la temporal y la amígdala. Y que existe una asombrosa similitud entre los circuitos cerebrales que controlan ambas emociones.

“Entendemos por empatía la capacidad para experimentar de forma vicaria los estados emocionales de otros, siendo crucial en muchas formas de interacción social adaptativa. Tiene dos componentes: uno cognitivo, muy relacionado con la capacidad para abstraer los procesos mentales de otras personas, y otro emocional, que sería la reacción ante el estado emocional de otra persona”, comentan los autores de la investigación.

Si tenemos en cuenta el parámetro biológico, el hecho de que se compartan estos caminos significa que si abrimos una vía se puede cerrar la otra. Es decir, que si empatía y violencia caminan por la misma autopista, si permitimos que circule la primera evitaremos el tráfico de la segunda.  O si lo prefieren, la estimulación de los circuitos neuronales en un sentido hace que disminuya su actuación en el otro.

Por ello, si conseguimos que nuestro cerebro resulte más empático, evitaremos los comportamientos agresivos, al menos de manera habitual. En definitiva, los investigadores proponen que, al margen de las cuestiones culturales, se trabaje desde la infancia en la estimulación de estos canales que nos orientan hacia comportamientos positivos.

Ya ven, no todo es psicología, también se puede modificar nuestra manera de comportarnos introduciendo cambios en el funcionamiento de nuestras neuronas; y eso, en parte, tiene que ver con la química.

Camino García Balboa, química, y Enrique Leite

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