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Unos prefieren mirarse en el espejo del pingüino emperador mientras que otros se relajan pensando en el rey león. Lo cierto es que en el mundo de las relaciones de pareja en el mundo animal, tenemos ejemplos para todos los gustos y que pasan por la fidelidad absoluta a la más loca promiscuidad.

Así que, desde un punto de vista científico clásico, nos tememos que cualquier ejercicio comparativo solo valdría para arrimar el ascua a la sardina de argumentos construidos a priori. Y aunque desde un punto de vista evolutivo nos inclinemos por pensar que mantenernos fieles a una pareja responde a criterios de cuidar la progenie; el tema de mantenerse fiel —en los humanos, al menos— también atañe a otros factores que tienen que ver con la psicología del individuo y la cultura social predominante.

En este sentido, una parte de la comunidad científica se inclina por pensar que los seres humanos nos movemos —en todo— en una prioritaria dirección: buscamos la seguridad —los sistemas de alerta no dejan de ser herramientas preventivas— creando una red emocional, o neuronal si lo prefieren, que nos ofrezca seguridad en nuestro entorno.

Su argumentación, a partir de este punto, es sencilla. La seguridad emocional es una de las ventajas de vivir en pareja y mantenernos fiel a ella. Y fruto de esa seguridad, garantizamos que nuestras hormonas que nos proporcionan placer o bienestar funcionen a pleno rendimiento. Y ya saben, si somos felices, seremos razonablemente saludables (de hecho, los singles son población de riesgo para padecer ansiedad y estrés, y esta puede derivar en problemas cardiovasculares).

Los defensores de esta teoría llegan incluso a afirmar que hasta en lo tocante al sexo, la monogamia ofrece mejores perspectivas que la poligamia… tanto en cantidad como en calidad. Y para ello se apoyan en varios estudios donde se aseguran que, sobre todo las mujeres, disfrutan más del sexo cuando lo practican con su pareja habitual que en el caso de encuentros esporádicos.

Huelga decir que los detractores de estas teorías también ponen sobre el tapete otra serie de estudios ad hoc —sean científicos, sociológicos o antropológicos— que reafirman sus posiciones en torno a liberarnos del yugo de la monogamia.

Como decía el torero: “Hay gente para todo”. Y como decíamos al principio, que cada cual se mire en el espejo donde se encuentre más guapo.

Enrique Leite y Eduardo Costas, catedrático de Genética 

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