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El salto tecnológico que supusieron las sucesivas revoluciones industriales que hemos sufrido desde mediados del siglo XVIII ha abierto, sin duda, numerosas oportunidades de desarrollo y mejoras en nuestra calidad de vida. A pesar de estos avances, de lo que no hemos podido prescindir, al menos todavía, porque quién sabe lo que ocurrirá en los años venideros, es del sector primario: necesitamos comer para poder sobrevivir.

Por tanto, si algo nos va a quedar, si es que sobrevivimos a tanto éxito tecnológico, son las industrias o actividades vinculadas al sector alimentario: agricultura, ganadería y pesca. Y hablando de comida, este terreno también mira con ojos golosos al mar. Y lo observa en una doble dirección. Por una parte, la actividad extractiva —pesca o recolección natural— y por otra, la del cultivo, también denominada genéricamente acuicultura.

Del mismo modo que en un tiempo pretérito los productores decidieron organizarse a la hora de explotar sus recursos en granjas donde se estabuló el ganado o en torno a grandes haciendas para producir cosechas de determinados recursos, en lo tocante al mar también se está produciendo una reestructuración que basa su productividad en los cultivos.

En este sentido, la FAO aventura que en 2030, o sea, a la vuelta de la esquina, el 65% de los productos alimenticios procedentes del mar serán los obtenidos en granjas acuícolas (en la actualidad, el porcentaje supera ligeramente el 50%).

Cuando hablamos de acuicultura, no se debe olvidar que la principal materia prima es el agua. Y no todas las aguas son iguales, dependen del entorno. Podemos encontrar, en función de dónde se sitúe la cuenca, una gran cantidad elementos no desechables (o contaminantes) naturales —metales, elementos químicos, etc— o artificiales —provocados por la presión que ejercen los humanos, como residuos fruto de su actividad industrial o sencillamente por la superpoblación— que afectan a su composición y, por lo tanto, pueden incidir directa o indirectamente sobre el qué y el cómo puede explotarse en esas aguas (no todas las tierras valen para todos los cultivos, como no todas las aguas son aptas para el desarrollo de determinadas especies en cantidad y calidad).

Por ello, y parejo al desarrollo de este tipo de actividad vinculada al sector primario, sería necesario, urge, que se extremen los controles de calidad del agua y que se haga de manera inteligente; o sea, respetando el equilibrio medioambiental.

Estos simples controles, por ejemplo, evitarán fenómenos estacionales —como los booms de organismos portadores de toxinas— que pueden arruinar nuestra cosecha, determinarán los mecanismos genéticos y epigenéticos —como la influencia de la temperatura del agua en el desarrollo de las especies— que permitirán la obtención de individuos más productivos o que sean más resistentes frente a las enfermedades.

Algo al alcance del desarrollo de la biotecnología pero que parece alejado de los planes de los emprendedores en este sector. Estamos a tiempo de evitar errores cometidos en el pasado. Es cuestión de no solo mirar la cuenta de resultados a corto plazo.

A. Luengo

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