pudor y desnudo

Unos lo llaman pudor y otros ñoñería. Pero sea como fuera, lo cierto es que mostrarnos desnudos frente a alguien o ver un desnudo sigue causando un cierto impacto en nosotros. Para unos, ese impacto es morboso, mientras que para otros supone algo incómodo. Y eso a pesar de que la desnudez en los humanos, y por lo tanto su contemplación, debiera formar parte de lo natural. Al fin y al cabo, si cubrimos nuestro cuerpo con ropa se debe a un proceso evolutivo que hemos desarrollado para protegernos del frío.

El caso es que nuestro cerebro reacciona de manera diferente a la hora de procesar las imágenes según vayamos vestidos o no. De eso se encarga un estudio realizado en Finlandia: de desentrañar esos mecanismos ocultos y comprobar la eficacia de las conexiones neuronales ante este tipo de imágenes y darles, lógicamente, una explicación científica.

Como siempre ocurre en cualquier estudio de campo que pretende hacer ciencia, es necesario obtener datos objetivos para su evaluación y elegir un objeto de análisis. Para ello, estos fineses se propusieron analizar la N170, una neurona responsable de la sensibilidad de nuestra vista al reconocimiento de objetos, especialmente caras, y sometieron a un grupo de individuos al trance de observar fotos de personas de ambos sexos en diferentes situaciones: desnudos, cubiertos parcialmente o totalmente abrigados y posteriormente monitorizar sus reacciones.

Los cuadros resultantes no se alejan demasiado de lo que están pensando. Efectivamente, ya podemos decir científicamente hablando que nuestro cerebro trabaja de manera más eficaz —más rápido— cuando procesa las imágenes de los cuerpos desnudos que al contemplarlos vestidos o incluso de cualquier otra fotografía, como un paisaje por ejemplo. En concreto, tarda apenas 0,2 segundos en esta operación. Y si se trata de posados sexys, la operación resulta todavía más rápida. En cambio, a medida que los modelos aumentaban el número de prendas, la capacidad de respuesta neuronal se ralentizaba.

Eso de manera global, porque si hacemos la división en función del sexo, el estudio también confirma lo obvio: en el caso de los varones, la respuesta resulta más contundente que en las féminas. Vamos, que nos pone un desnudo una jartá.

La explicación que avanzan estos investigadores tiene que ver con la propia naturaleza de perpetuar la especie: que los machos andan a la continua búsqueda y selección de las potenciales parejas más adecuadas para el apareamiento y, de ahí, las prisas que les entran a las neuronas por reconocer cuerpos aptos para tal fin.

Enrique Leite

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