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Ya se ha comentado en alguna ocasión en estas páginas que nuestro natural proceder hace que utilicemos al resto de los seres vivos para que trabajen para nosotros. Organismos de todo tipo y tamaño —de los más grandes a los micros— realizan funciones en la naturaleza que pueden ser aprovechadas en nuestro beneficio, ya sea en la obtención de biomasa o en la producción de determinadas sustancias que, a la postre, podemos utilizar.

Las petroleras, las empresas que se dedican a la extracción de crudo, parece que en estos tiempos de crisis y escasez empiezan a mirar a través del microscopio para obtener una mayor rentabilidad en sus yacimientos. Y nos explicamos.

Cuando se da por finalizada la vida útil de un pozo, queda una buena porción de crudo que se queda entre las fracturas de las rocas. Se calcula que con los métodos de explotación actual, apenas se recupera un 30% del petróleo existente. Las otras dos terceras partes se quedan en estos lugares de imposible acceso.

Al inicio de cualquier explotación, la presión de los fluidos permite la salida natural de los hidrocarburos, pero según se va extrayendo se hace necesario incorporar nuevas tecnologías que suponen un encarecimiento del producto: inyectar gas o agua para que siga manando. Pero esta técnica tiene un tope; cuando se queda ocluido entre los poros de las rocas.

Para que salga, se puede acudir a la química; es decir, introduciendo sustancias que actúen del mismo modo que sacamos un líquido atrapado en una esponja. Pero no es el único método posible. También se puede acudir a la ayuda de microorganismos que, colonizando esas rocas, lo hagan salir o lo depositen en su interior. En términos coloquiales, que aprieten la esponja —la roca— o bien que se alimenten de ella y lo pasen a su estómago, de donde resulte fácil su extracción.

Para ello se requiere un tipo de especies que sea capaz de vivir con falta de oxígeno, a temperaturas superiores a los 70 grados y en unas condiciones de salinidad que supere en tres veces la cantidad de sal que existe en el océano. Lo que se conoce como organismos extremófilos —que son capaces de vivir en condiciones extremas—.

Así que, por aquello de los números y la economía, existe una corriente por la cual las grandes compañías del petróleo se plantean de manera muy seria llamar al rescate a los grupos de investigación o empresas biotecnológicas.

Sin duda, una oportunidad de negocio y un renglón de beneficios que, indirectamente, suponen un impulso a este tipo de empresas y a los grupos de investigación.

Ya ven, cuando se cierra una puerta, parece que se abre una ventana en otro lugar.

Confiemos que la incorporación de la biotecnología a industrias tan depredadoras como las de hidrocarburos contribuyan a bajar la factura que, en materia medioambiental, tienen.

 A. Luengo

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