jose luis castillo 

Definimos como eméritos pomposamente a personas que han pasado con creces la edad de jubilación y siguen impartiendo su magisterio en plenitud de facultades. Y lo decimos con esa envidia sana —la mayoría— porque no hay mayor placer que ver crecer a tus progenitores y comprobar cómo, achaquillos aparte, somos capaces de mantener con ellos conversaciones, compartir vivencias, seguir aprendiendo de ellos y, por supuesto, celebrar su nuevo cumpleaños. En el fondo, nos proyectamos mirándolos y ensoñamos con llegar a esta complicada edad cuando menos como ellos.

No soy de las que se postulan para la inmortalidad, pero eso no quita reconocer que los avances de todo tipo están prolongando nuestro paso por la Tierra. Aun así, existen bastantes estudios que destacan el lento ritmo metabólico de los  primates, humanos incluidos, en comparación con otros mamíferos, como responsable de nuestras longevas vidas. Otras investigaciones inciden en la importancia de la dieta y  la restricción calórica que activaría el gen SIR2, capaz de frenar el envejecimiento.

Como dice la canción de Sabina, “si lo que quieres es vivir cien años, no pruebes los licores del placer, o al menos hazlo con mesura”. Es decir, más vale que seamos parcos en ingesta de calorías y algo tacaños en cuanto a gasto energético se refiere. Uso y abuso, es el quid de la cuestión; y luego, toda la gama de productos que ya conocemos: frutas, verduras, agua y ejercicio.

Hábitos higiénico-dietéticos aparte, desde el descubrimiento del ADN los científicos miran con lupa nuestros genes. Lo último ha sido descubrir la existencia de un gen, el FOXO3A, que, sin discriminar por sexo, raza o características geográficas, se relaciona con la capacidad de alcanzar la edad centenaria.

Este fragmento de ADN fue descubierto en los noventa en relación con el proceso de envejecimiento de gusanos y moscas. Tardó un poco más en su vínculo con los humanos. En  2008, un equipo de la Universidad Christian-Albrechts realizó un estudio que constataba la mayor frecuencia del gen FOXO3A en americanos longevos, de origen japonés, de más de 95 años.

Y ahora científicos alemanes, tras analizar muestras de más de un millar de  individuos que ya han traspasado el umbral de los 90 y compararlas con las de personas más jóvenes, han detectado que la posición de este gen en un determinado lugar de nuestro código genético nos acerca a la inmortalidad. Curiosamente, a mayor edad,  mayores son los benéficos efectos del gen, cuya frecuencia se incrementa con la veteranía, siendo mucho más palpables en los que llegan a los 100 años.

Según los autores, ajeno a diferencias de sexo o raza entre individuos de diversos lugares del mundo, este gen es pieza clave en la longevidad humana. Parece que el elixir de la juventud lo llevamos dentro. Y logremos  o no controlar genéticamente el envejecimiento, hasta rozar la juventud eterna lo importante en cualquier caso, es seguir cumpliendo años.

Y en esas andamos, papá. ¡Felices 90! Hace poco, a los 88, confesabas no ver la muerte como algo próximo. Y digo yo, ¿para cuándo un estudio sobre el humor o la flema de los centenarios y su influencia en la perdurabilidad ?

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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