hamburguesa

Si acudimos a la Ley de Murphy, indefectiblemente la tostada siempre se cae por el lado de la mantequilla o mermelada y no se apure, que por mucho que se afane, siempre acabará por mancharse el bigote. Del mismo modo, para disfrutar de una buena hamburguesa, es imprescindible acabar con los dedos y los morretes manchados, como si se tratara de un infante.

Son esos misterios indescifrables de la Naturaleza que se convierten en axioma. ¿Seguro? Es posible que si acudimos a la ciencia encontremos la manera de que la profecía no se cumpla a sí misma. Porque, en definitiva, practicar esos deportes de riesgo se trata de una técnica, y tras cualquier procedimiento técnico siempre tendremos el soporte de lo científico.

Eso, al menos, pensaron los guionistas de un programa televisivo —de humor— japoneses, quienes ni cortos ni perezosos se encomendaron a tres especialistas: un dentista, un ingeniero y un experto en fluidos para determinar cuál es el error de partida de los comedores de hamburguesas que hace que acaben pringados por todas partes. 

Los expertos, a través de la minuciosa observación que exige cualquier investigación seria, concluyeron que el asunto es una cuestión de la posición de los dedos y de la presión que se ejerce sobre el bollo de pan.

Si agarramos al susodicho con los dedos índice, corazón y anular por arriba —la parte superior del pan— y el meñique y el pulgar por debajo —la inferior del pan—, el resultado es que no se manchará nada. Es una cuestión de presión. Lo habitual es colocar el pulgar en la parte inferior y el resto de los dedos apretando la parte superior con el resultado de que al existir una mayor presión en una parte del pan lo que ocurre es que se abra en su parte trasera, con la consecuente expulsión de la salsa y otros ingredientes hacia la pechera. Una presión, por cierto, que aumenta cuando la introducimos en nuestra mandíbula, presta a hincarle el diente (todavía más presión en la parte superior, que abre un poco más nuestro emparedado).

Ciertamente, la propuesta resultará complicada ponerla en práctica al instante. Son muchos años y generaciones transmitiendo su conocimiento a las posteriores, transmitiendo un vicio postural nada fácil de erradicar.

Y dicho lo dicho, solo es cuestión de voluntad y adaptarse a esta nueva manera de atrapar una hamburguesa sin necesidad de recurrir a las consabidas servilletas para evitar que alguien —madres, espos@s o amig@s— nos acabe llamando cerd@s.

Al final va a resultar que esto de la ciencia tiene su aquel.

Eduardo Costas y Enrique Leite

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