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Finaliza el invierno en esta parte del Hemisferio. ¡Menos mal! Porque la verdad es que hartitos estamos de sus rigores y ansiamos la llegada de la primavera y, con ella, el aumento de luz solar. Tantas ganas tenemos, que el Gobierno nos regala una hora más de luz al día por ahorro, dicen; aunque, puestos a obsequiar, podía ahorrarnos una hora diaria en la factura.

El caso es que llega el buen tiempo —lo que la mayoría consideramos como tal, porque raros hay en todas partes— y estamos expectantes con la entrada de esas temperaturas más templadas y con los días más prolongados. Esa luz, como que nos da una cierta vidilla, aunque si atendemos a las últimas investigaciones, podría convertirse en un regalo envenenado si usted atraviesa un proceso depresivo.

Porque no solo es una cuestión de temperaturas sino también de estados de ánimo. El ritmo circadiano, o ciclo de sueño/vigilia, está regulado por la luz solar y está también relacionado con la serotonina, la hormona del placer.

La luz afecta a nuestra psicología. El sol nos vuelve más optimistas y su carencia afecta a los niveles de ciertos neurotransmisores, como la serotonina, implicados en nuestro estado anímico y puede causar la tan nombrada depresión estacional. Pero siendo radicalmente cierta esta afirmación, lo curioso es que las personas depresivas, en los días soleados, se deprimen aun más (los instintos suicidas se ejecutan mayormente al final de primavera o en verano, con plena luz solar). Tradicionalmente, se postulaba que en los periodos más severos de ese “no poder con la vida”, los pacientes no son capaces de tomar decisiones ni apenas de moverse y, por tanto, no ponen fin a su existencia. Pero cuando comienza una cierta mejoría anímica es cuando se sienten con fuerzas para tomar tan drástica decisión.

Y si ya conocíamos que esa vocecita que nuestro cerebro alza en nuestro interior cuando debemos tomar una decisión , intuición lo llamamos, está suscitada en última instancia por una emoción, alimentada por experiencias, intereses, etc… ahora los científicos han encontrado una relación proporcional entre la potencia de luz y la emoción que esta nos provoca.

Según una investigación de la Universidad de Toronto Scarborough, la luz brillante exacerba cualquier emoción, tanto positiva como negativa. Nos referimos en este caso a la luz artificial que ilumina una habitación, por ejemplo. Así, si usted es de los pesimistas, los días venideros todo lo verá más negro en aquellos espacios fuertemente iluminados. Por el contrario, si es de los que ve siempre la botella medio llena, prepárese, que una cascada de emociones positivas le va a inundar.

Concienzudos los investigadores, evaluaron asuntos de toda índole para medir la respuesta emocional de los sujetos que se sometieron al estudio, desde sabores culinarios hasta el físico de una mujer, pasando por expresar sentimientos ante una serie de términos lingüísticos. Todo bajo diferentes condiciones de luz. El examen concluyó que a mayor intensidad lumínica, mayor intensidad emocional.

Es decir, la inclinación previa de los participantes hacia un  sabor o el físico de una mujer se vio fuertemente potenciado por iluminaciones centelleantes. Ante los resultados, los expertos cuestionan si la causa es la percepción de la luz como calor y el calorcito, o energía térmica, el responsable de activar la emoción. Y es que el área de control de temperaturas del cerebro está muy cercana al de las emociones, y parece que un calentamiento de la primera tiene el mismo efecto sobre la segunda.

Así que nada de comidas de negocios, ni citas “para limar asperezas” entre doce y cuatro, no sea que nuestras emociones nos traicionen y salgan a plena luz nuestros sentimientos más recónditos. Ante cualquier toma de decisión importante, emule al tango y hágalo “todo a media luz”.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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