dinerito

El trabajo de los economistas, seguramente junto al de políticos, debe de considerarse como uno de los peor evaluados en el planeta. Obviemos el de los segundos, seguro que le asaltan a la mente multitud de argumentos que justifiquen la estulticia reinante en este gremio. Yo particularmente me quedo con esta máxima de Groucho Marx: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”.

Despejada esta incógnita, concentrémonos en los primeros. El común de los mortales ha determinado que, cuando menos, son especialistas en pronosticar el pasado, pero incapaces de intuir el presente y por supuesto anticiparse al futuro. A las pruebas nos remitimos: inmersos en plena crisis, abundan los trabajos que explican los porqués del desastre pero ninguno fue capaz de vaticinar hacia dónde nos dirigíamos. 

Pues bien, este colectivo, sin apearse del mito del becerro de oro o seguidores del genial cómico cuando aconsejaba a su progenie que “la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”, se ha propuesto determinar dónde está la barrera que diferencia a los seres felices de los infelices. Y han colocado el listón a partir de los 26.500 euros (unos 30.000 dólares).

El trabajo ha sido publicado en una revista del prestigio de Plos One y concluye que cuando se llega a ese nivel de renta, los niveles de satisfacción de vida llegan a la cima. Una vez superada esa cantidad, comenzará a descender por la pendiente, o lo que es lo mismo, empezará a ser infeliz. Vamos, que los ricos no son tan felices. ¡Pobreticos!

Según el estudio, este nivel de insatisfacción corresponde a que, a medida que se gana dinero, aumentan las necesidades artificiales y, por tanto, se reduce la percepción de estar satisfechos con la vida.

Seguro que el aval científico que supone este estudio reposa en la mesa de algunos empresarios y políticos del momento, que no dejan de recomendar recortes en los salarios de los trabajadores. Unos santos varones incomprendidos, que tan solo pretenden que lleguemos a la felicidad más absoluta.

Para que luego vengan algunos y digan que la Ciencia y los economistas no valen para nada.

Enrique Leite

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