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Una vez más, volvemos a detenernos en lo del exceso de grasa, el mens sana y corpore sano y en las necesarias dosis de ejercicio para mantenernos en forma. Y, malas noticias para los más vagos: se hace bueno el dicho de ganarás el pan —en este caso el cuerpo diez— con el sudor de tu frente”.

Un estudio refleja que la rutina en hacer ejercicio está bien, pero si el objetivo perseguido es eliminar ese exceso de grasa, no vale practicarlo de cualquier modo, hay que hacerlo de manera vigorosa. Vamos, que nos tiene que dejar sin aliento.

Y viene a cuento porque ahora que se encienden tantas alarmas sobre la mala dieta y el nivel de vida sedentario de nuestros adolescentes, es preciso adoptar medidas, pero con cabeza. 

El estudio monitorizó durante dos años a un mismo grupo de peques británicos —más de 4.500— entre los 12 y los 14 años, comparando sus niveles de grasa y los de actividad física. Tras el análisis de los datos registrados, los investigadores británicos sugieren que introducir incrementos diarios en la actividad física de los niños es efectivo, ahora bien, siempre y cuando supongan un esfuerzo para ellos; es decir, que se active la maquinaria muscular que acaba provocando una mayor quema de calorías.

De hecho, los resultados subrayan que se puede reducir algo más de un 10% la grasa corporal de los adolescentes dedicando tan solo 15 minutos al día a la práctica de esa actividad física.

Lo realmente interesante es que se logró ese tipo de disminución de los niveles de grasa con independencia de la dieta de los chavales (y ya sabemos que los ingleses precisamente no se caracterizan por mantener hábitos de comidas muy equilibrados). Este hecho, a juicio de uno de los autores de la investigación, pone de relieve que ante tantas señales de alerta en torno al sobrepeso, en lugar de atacar automáticamente al tipo de dieta —sobre la que también hay que actuar—, hay que variar el punto de mira y fijarnos más en cambiar esa tendencia a que sean los monigotes, héroes y villanos de las pantallas del ordenador, los que hagan el ejercicio por nosotros.

Nos guste o no, estamos programados genéticamente para mover el esqueleto… Así que ¡todos a la palestra!

Beatriz Baselga, veterinaria, y Lara de Miguel, limnóloga

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