Shot glass and wedding rings

Resulta frecuente escuchar en conversaciones reservadas exclusivamente para el personal masculino que si les dieran a elegir una forma de morir, se decantarían por dejar la existencia mientras practican sexo o llegan al orgasmo.

Como broma o ensoñación puede que no esté mal —dentro de lo primario de este pensamiento—. Al fin y al cabo, se trata de una imagen placentera y quien más y quien menos huye del dolor. Pero nada más lejos de la realidad; y si no, que se lo pregunten a los adictos al sexo.

De entrada,  les anticipamos que quienes padecen una crisis coronaria, por ejemplo, mientras realizan el acto no se lo pasan cañón precisamente. Pero ese no es el asunto, porque estaríamos hablando de daños colaterales, no de efectos provocados por una frenética actividad sexual.

Así que realicemos una breve panorámica por el exterior. En Australia, existe una especie de marsupial cuyos machos apenas viven un año. Y no es porque estén programados para tener esa vida útil, sino por las maratonianas sesiones de apareamiento a las que se someten cuando a ellas les llega el celo.

Y su muerte no tiene nada de épica. Esas sesiones de 14 o 16 horas seguidas de frenética cópula les provoca infecciones, hemorragias y desintegración de los tejidos corporales. Además, imbuidos por el único pensamiento de montar a las hembras, se olvidan de comer, lo que les lleva a un paulatino debilitamiento de su sistema inmunitario hasta que deja de funcionar, y se enzarzan en interminables peleas entre los machos.

Los investigadores han comprobado que el estrés sexual al que se someten deriva en una muerte trágica y dolorosa. Y los pocos que sobreviven a este proceso acaban siendo estériles. Es un alto tributo que cobra la naturaleza por perpetuar la supervivencia de esta especie.

Parafraseando al Eclesiastés, “cada momento tiene su afán”; pero puestos a pensar en la muerte, nada más natural que surja por el agotamiento de las células que sucede cuando envejecemos y por sucesos ajenos a este proceso. Y si no, piense en estos pobres marsupiales, que limitan su existencia a un solo periodo de celo.

Beatriz Baselga, veterinaria, y Enrique Leite

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