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De sobra es conocido que a pesar del tamaño de nuestras narices, el sentido del olfato no es de lo mejor que poseemos los humanos; y eso que es de los sentidos que más pronto se desarrollan. Aun así, a medida que avanzan las investigaciones científicas —y no hay que olvidar que si en algo somos especialistas, lo seríamos en mirarnos al ombligo y en profundizar en el conocimiento de nuestro cuerpo y sus órganos— no dejamos de asombrarnos al descubrir nuevas habilidades.

En concreto, de las últimas en publicarse es la capacidad que tiene nuestro sentido olfativo en detectar la grasa de los alimentos. Bastó que un grupo de curiosos —científicos, se sobreentiende— pusiera a prueba nuestro olfato mediante una serie de test ciegos en los que los participantes tenían la tarea de decidir cuáles de las muestras de leche que les pusieron delante de sus narices tenía más grasa.

Los resultados fueron sorprendentes. Mayoritariamente, acertaban y lo hacían con suma precisión (en algunos de los vasos con leche la diferencia de materia grasa era bastante escasa o ponían aromas artificiales para confundir a los participantes en la prueba), decantándose por este tipo de productos (que nos va la grasa, vamos).

Los investigadores subrayan, además, que esta capacidad es independiente de los hábitos de alimentación de las cobayas. Acertaron del mismo modo personas que apenas consumían leche como los que lo hacían a diario y en grandes cantidades. Un dato relevante porque, a su juicio, quiere decir que esta habilidad no es aprendida, sino que resulta innata a nuestro sentido del olfato.

Según deducen, este proceso pudo desarrollarse a lo largo de nuestra evolución por el planeta como una respuesta para detectar la comida más rica en calorías, algo imprescindible en los momentos de escasez. Un hecho, por cierto, que resulta imprescindible cuando lo que nos jugamos es la supervivencia.

Y vamos a lo práctico. Descubrir esta potencialidad innata puede resultar un factor que nos ayude en un futuro próximo —si los recortes en Ciencia, claro está, lo permiten— para poder crear un amplio catálogo de alimentos cuyos aromas puedan burlar a nuestro olfato.

O lo que es lo mismo, creando la ilusión de que se nos pone frente a la boca un producto más rico en calorías de lo que lo es en realidad.

Ya lo decía el Santo: “Ante la necesidad no hay pecado”. Y en este caso, el engaño puede resultar lícito.

Camino García Balboa, química

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