emotis

Unos más y otros menos, pero seguro que si le decimos que cliquee en su teclado del ordenador dos puntos, un guión y el símbolo de cerrar paréntesis, la mayoría ya está viendo o pensando el emoticono sonriente. Exactamente, este :-).

Sin duda alguna, debido a las escasas ganas que nos han entrado por describir nuestros sentimientos utilizando la palabra, la dificultad de trasladar emociones en pocas líneas y las barreras de economía de medios propia del desarrollo tecnológico y las redes sociales, estos monigotes creados en la década de los ochenta del siglo pasado (y por qué no, la habilidad para diseñarlos) ya forman parte de nuestro vocabulario diario. La mayoría de los ordenadores son capaces de leerlos y los traducen automáticamente a imágenes, pero si su interfaz no es tan inteligente y reproduce simplemente los signos, no se preocupe, que su cerebro se encargará de hacerlo de manera instantánea.

Es una cuestión sencilla. Nuestra mente, al verlos, activa las mismas áreas cerebrales que cuando observamos la imagen de una cara, por ejemplo, la de un rostro sonriente, y por eso lo percibimos como algo real. Es decir, estamos ante un icono donde se transmiten emociones. Eso al menos ha demostrado un estudio que se ha publicado recientemente en el Journal Social Neuroscience.

A través de unos sensores, los investigadores demostraron que estos signos se procesan en las mismas zonas donde decodificamos las imágenes de los rostros. Pero lo curioso del asunto es que han de estar escritos en la forma correcta; es decir, primero los ojos (los dos puntos), después la nariz (el guión) y la sonrisa (el paréntesis). Si se escriben al revés, no somos capaces de reconocerlos porque las áreas del cerebros ocupadas en la percepción de la cara no procesan esos signos como la imagen de un rostro, sino como una serie de signos ortográficos sin sentido.

Es decir, que estamos ante una respuesta de nuestras neuronas no creadas a partir de códigos genéticos, sino de códigos culturales. Ya ven, la tecnología está provocando cambios en nuestro cerebro y nuestras respuestas neurológicas.

Eso, para algunos, sencillamente se resume en una palabra: evolución.

Enrique Leite

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