eternity

Nacer, morir y el sentimiento religioso, o lo que es lo mismo, la idea de la inmortalidad, es un pensamiento recurrente. Tanto, que resulta una materia que se investiga desde las disciplinas más variadas: de la Teología a la Filosofía, pasando por la Ciencia más ortodoxa.

Lo cierto, lo probado, es que tener conciencia de una existencia finita —algo que no ocurre en general en el mundo animal— activa los mecanismos de angustia. Y lean angustia como prefieran: desequilibrio psíquico o alteración de la producción de hormonas que nos causan malestar. Un estado no natural que tendemos a modificar de manera natural.

Y lo curioso, a tenor de un trabajo que ha caído por azar en nuestra biblioteca, es que esta consciencia y su anverso, el anhelo de la inmortalidad, es algo innato, que no depende de la cultura ni de lo que los genetistas llaman entorno.

Los investigadores realizaron su estudio de campo con niños de edades comprendidas entre los cinco y los doce años, de diferentes países —y culturas— y que vivían en diferentes ambientes —de lo urbano a la comunidad rural—.

Lo curioso de los resultados es que, primigeniamente, todos tenían una idea de la existencia del alma —por aquello de perseguir la inmortalidad—. Una idea que va cambiando —modificándose— según van cumpliendo años.

Es decir, partimos de la idea de perseguir ese sueño de ser eternos pero el desarrollo de nuestra inteligencia —madurez— o la influencia del entorno —los factores culturales o religiosos— hacen que ese sueño vaya perdiendo peso.

De hecho, la mayoría de las encuestas reflejaban que existe una percepción de que ya existíamos antes de nacer. O sea, la idea de la reencarnación, que los autores asimilan a un pensamiento intuitivo e innato a nuestra condición de seres humanos.

El objetivo de dicho estudio no era otro que determinar cuál es el origen de las concepciones religiosas. Y su conclusión, su hipótesis, es que la raíz de la religión no es otra que una manera de dar respuesta —codificar— a esas preguntas innatas que mostramos cuando comenzamos a desarrollar nuestra inteligencia.

La Ciencia ha de ser también objeto de controversia y, sin duda, este asunto pone sobre el tapete cuestiones para el debate.

 Enrique Leite y Eduardo Costas, catedrático de Genética

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