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Nada tan temido en el pasado como la peste. De hecho, si a alguien o a algo se le califica como tal, nos estaremos refiriendo figuradamente a “cualquier cosa mala, o de mala calidad en su línea, o que puede ocasionar daño grave” o bien a la “corrupción de costumbres y desórdenes de los vicios”.

Sinónimo de plaga bíblica, su contagio estuvo a punto de dejar sin habitantes a la vieja Europa. Sin duda, una de las protagonistas negativas de la historia de la humanidad. Estamos ante una de las muchas enfermedades que causan las bacterias. La de la peste es una infección cuya responsable es la Yersinia pestis y que acaba provocando una septicemia y la muerte si no se trata adecuadamente y a tiempo.

Aunque básicamente, la  Yersinia pestis vive entre ratas y en las pulgas que parasitan a estos roedores, puede contagiarse a otros animales o a personas cuando, incidentalmente, conviven con ambas (ya sea por la mordedura de ratas o de pulgas).

Como cualquier bacteria, se puede combatir sin mayores problemas con la administración del antibiótico adecuado —no existe la vacuna para la peste—, una situación clínica de relativa fácil solución a partir del siglo XX, cuando en los laboratorios se pudieron aislar e identificar estos microorganismos y sintetizar los compuestos químicos que son capaces de erradicarlos.

En cualquier caso, y para ilusión los apocalípticos, les debemos decir que el riesgo de la peste y una plaga provocada por su contagio masivo no ha desaparecido. La cepa sigue habitando en las ratas y permitir que determinadas zonas del planeta sigan sumidas en el subdesarrollo puede convertirse en un factor para su propagación: bastaría con que las pulgas infectadas por la bacteria decidiesen que los humanos somos unos huéspedes más acogedores que los roedores.

Y no se me vayan muy lejos, que a pesar de que actualmente la OMS no la considera epidemiologícamente como una enfermedad a considerar, hace menos de cien años, en los años veinte del pasado siglo, una pandemia de peste acabó con varios millones de personas en India y China.

Afortunadamente, y lamentamos ahora chafarles el argumento a los agoreros, si la comunidad internacional no se torciera, todo quedaría reducido a unas cuantas semanas de baja y a algo de fiebre.

Escribimos estas líneas como un sencillo homenaje a todos esos investigadores anónimos que se dejan las pestañas en los laboratorios de todo el mundo dedicándose a la ingrata tarea de estudiar a los microorganismos y a prevenir cualquier enfermedad que venga de su mano.

Beatriz Baselga, veterinaria

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