virus

Hace muchos, muchos años (miles), esa vieja bola llamada Tierra experimentó uno de los muchos cambios que ha sufrido a lo largo de su existencia y las temperaturas bajaron tanto en algunas áreas que se congelaron. Y con ella, todo resto de vida que habitaba en esos parajes en ese momento. Esa capa de hielo se denomina genéricamente permafrost y atrapó cualquier vestigio de vida, que permanece desde entonces allá en estado latente.

Pero hete aquí que, fruto de una descontrolada acción de los hombres y sus revoluciones industriales —amén de la propia dinámica de la Tierra—, el ciclo se está invirtiendo y las temperaturas están subiendo: llega el deshielo y vuelven a salir a la superficie esos organismos congelados.

No hace mucho, la mayoría de los medios de comunicación se hacían eco del nuevo habitante que ha despertado de su hibernación, un virus que tras 30.000 años aletargado por el hielo en Siberia, vuelve a la carga y con toda efectividad. Afortunadamente, los investigadores aseguran que este virus infeccioso es inocuo para humanos y animales, aunque no tanto para las pobres amebas.

El Pithovirus sibericum fue descubierto enterrado a 30 metros bajo el suelo congelado de Siberia y pertenece a una clase denominada como “virus gigantes”, porque pueden observarse con un simple microscopio.

Hasta aquí, estamos narrando una historia con final feliz: 30.000 años después, un ser vivo congelado puede resucitar: Pero el interrogante que se plantean los científicos —el terror, si lo prefieren— es cuántos patógenos como este pueden salir a la luz con el deshielo y, sobre todo, qué carga letal pueden contener.

No hace falta ponerse apocalíptico ni ejercer de agorero para suponer que las entrañas de la Tierra pueden albergar microorganismos en estado latente que podrían acabar con nuestra existencia; o, cuando menos, provocar importantes cambios en los ecosistemas tal y como los conocemos ahora.

Los científicos son especialmente pesimistas en lo tocante a la región originaria de este virus, Siberia, ya que es una de las zonas del planeta con una cierta importancia geoestratégica debida a sus presuntas reservas de hidrocarburos; es decir, una zona susceptible de explotación minera por parte de los humanos.

O sea, que tarde o temprano aparecerán grandes máquinas que irán dejando al descubierto a esas bellas durmientes de consecuencias desconocidas para la Humanidad.

Realmente, en nombre del progreso, ¿es necesaria esta receta para el desastre?

A. Luengo

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