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En una sociedad que ensalza a los tipos que parecen seguros de sí mismos, permitir que nuestras emociones escapen a nuestro control puede considerarse sinónimo de debilidad.  La timidez y la vergüenza tienen su expresión física más reconocible en el sonrojo. Con la edad, ese termómetro del pudor personal suele ir perdiendo gradación, salvo en algunos casos. Hay personas a quienes este rasgo acompañará de por vida. De entre ellas, algunas sufren eritrofobia o pánico a enrojecer porque la timidez queda muy bien en los infantes o en las novelas románticas, pero en la jungla  social vende mas la desvergüenza. Y si no, miren a su alrededor. No recuerdo un solo político arrebolado.

La culpa de ese  involuntario sofoco la tiene nuestro sistema nervioso simpático, que actúa en casos de estrés, provocando diversas reacciones en el organismo. Entre ellas, acelera el pulso y la respiración, aumenta la presión arterial y hace que la sangre llegue en mayor cantidad al cerebro, piernas y brazos y, por supuesto, a lo que nos ocupa: las mejillas.

Esto en cuanto a fisiología, pero los neurocientíficos, buscando una respuesta para su función social, han elaborado tres teorías que intentan explicar lo inevitable, el rubor involuntario. Una de ellas postula su carácter comunicativo en cuanto reflejo de la conciencia del que transgrede. Algo así como entonar un “mea culpa” no verbal. Y ya se sabe que reconocer los pecados nos vuelve irresistibles; es decir, merecedores de confianza. Otra suposición considera que el rubor cumple una función de desvío de atención según la cual el sonrojo incomoda al observador y provoca que aparte la mirada. Pero digo yo que si esta hipótesis fuera cierta, nunca se escucharía la dichosa frase: “¡Te has puesto colorada!”, que consigue que te suba aun más el calorcillo y ya te imagines granate.

La más actual es la teoría de la exposición, que defiende que se trata de una respuesta fisiológica cuando tememos que se destape una información privada que afecta a la esfera de nuestro decoro, y no todos tenemos la misma escala de recato. Es decir, nos pillan in fraganti.

Canciones y poemas dan una versión romántica de esta afección, que afecta más a las féminas y destaca más en pieles claras. La eritrofobia causa en quienes la sufren tal ansiedad que en ocasiones invalida su vida social. Pero hay buenas noticias: ese miedo a sofocarse se puede curar o, mejor dicho, operar. La simpatoctomía endoscópica torácica (SET) lleva más de un siglo practicándose y consiste en actuar sobre el nervio simpático a la altura de las primeras costillas.

La intervención nació con la finalidad de erradicar la hiperhidrosis o excesiva sudoración de manos y axilas, consecuencia igualmente de una hiperactividad del sistema simpático, y en sus orígenes era considerada cirugía estética. Paradójicamente, el efecto secundario más frecuente de esta maniobra para eliminar el rubor es el sudor. Se estima que entre un 3% y un 4% de pacientes desarrollaran sudoración compensatoria. Y que quieren puede resultar peor el remedio que la enfermedad.

¡Imagínense  ante una situación bochornosa sudando profusamente pero, eso sí, muy pálidos!

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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