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Si no fuera porque los observamos con pasión de entomólogo, algunos comportamientos humanos siguen haciéndonos plantearnos si esa decisión tomada allá por la noche de los tiempos de bajarnos de los árboles y desarrollar inteligencia fue acertada. Sobre todo, por esa suerte de violencia gratuita que algunos especímenes ejercen sobre otros individuos de su especie o ese afán por llenar la Tierra de desperdicios y tratarla como si sus recursos no se fueran a agotar nunca.

Pero en esta ocasión no vamos a hablar de comportamiento, sino de uno de los temas fetiche para este blog: los Neandertales. Ya hemos comentado en alguna ocasión que, allá por la Prehistoria, los seres que andaban sobre sus piernas cohabitaban con cierta libertad y se mezclaron a su antojo. Tanto, que nuestro actual ADN es un batiburrillo de genes procedentes de varias especies.

Este mestizaje, además de crearnos a su imagen en parte, ha dejado su huella en forma de ventajas e inconvenientes. Por empezar por los primeros, a esos rubios europeos les debemos algo tan curioso como la resistencia al frío o la fortaleza de nuestras uñas.

Esta parte de nuestra herencia genética está relacionada con la producción de keratina. De los neandertales heredamos genes relacionados con filamentos de keratina, una proteína fibrosa que confiere mayor dureza a la piel, uñas y cabello, siendo importante para la adaptación y resistencia al clima frío. Al fin y al cabo procedemos de África y la adaptación a la fría Europa precisaba de una ayudita.

Pero hay más efectos positivos, como un cierto blindaje de nuestro sistema inmunológico frente a las enfermedades; y una no menos destacable: parece que la capacidad para poder abandonar un hábito nocivo, como el tabaco, se la debemos a ellos.

De la parte negativa, solo nos quedaremos con elementos más conocido: la diabetes, el lupus o la cirrosis. Qué le vamos a hacer, pero en esto de la herencia no elegimos lo que queremos; los genes caprichosos son los que se acoplan como quieren.

Eso de momento. Seguro que según avancen los estudios del mapeo del ADN neandertal y se profundicen en los estudios comparativos con el del Homo sapiens sapiens, se conocerán nuevos elementos que forman parte de ese legado.

Eso sí, si no ocurre antes la catástrofe y nos cargamos de manera definitiva el planeta.

Eduardo Costas, catedrático de Genética, y Enrique Leite

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