crimen y castigo

Cuando a través de los medios de comunicación contemplamos los testimonios de los familiares de víctimas de asesinatos reclamando venganza —legal se entiende— por la atrocidad innecesaria a la que se ven sometidos y lamentándose de que los castigos que impone el sistema a quienes se saltan la ley de manera tan flagrante son demasiados suaves, resulta muy difícil no sentir una cierta empatía por sus sentimientos.

Es la eterna lucha entre lo que nos dicta la conciencia y el corazón. El ojo por ojo de la famosa ley de Talión que nos pide el cuerpo es incompatible con el “odia el delito y compadece al delincuente” de la doctrina jurídica que, bienintencionadamente, persigue mediante la reinserción conseguir una sociedad más justa y de mejores personas.

Sobre todo, cuando nos enfrentamos a la personalidad del psicópata; esos seres incapaces de albergar ningún tipo de remordimiento por sus criminales actos y que ni sienten ni padecen ante el dolor ajeno. Parece que ante ellos, el resto de la sociedad estamos desarmados. 

Seguramente a corto plazo puede que sí, pero quién sabe si a medio o largo plazo la Ciencia, de mano de la farmacología, puede echarnos un cable y conseguir que variemos de opinión; en lo tocante a castigos, se entiende. No hay nada que más atormente que el sentimiento de culpa o el remordimiento (rasgo de la personalidad que escasea en el psicópata). De modo que convivir el resto de tus días con esta carga puede considerarse uno de los castigos más crueles y  una vía segura para que el criminal cambie de actitud y devuelva con creces el mal realizado.

Y eso tiene que ver con la empatía, un proceso cerebral que se vertebra en nuestro sistema nervioso central y cuyo circuito neuronal se conforma a partir de hormonas y de proteínas. Bastaría con activar ese circuito —o multiplicarlo si lo prefieren— en estos criminales para hacerles vivir con la amargura permanente de haber cometido un delito.

Como formulación teórica o punto de partida, no está mal, aunque aun queda un largo camino por delante para acercarnos a este objetivo. Digamos que lo de la empatía todavía está en pañales. Pero se van desentrañando sus misterios poco a poco; sabemos que una hormona, la testosterona, resulta clave para que pueda operar —en este caso, en sentido negativo; es decir, a mayor testosterona menor empatía— y que su funcionamiento tiene bastante que ver con la manera a la que nos exponemos a ella durante nuestra estancia en el seno materno.

Y también conocemos que estamos ante un tipo de emociones de carácter universal que no son patrimonio exclusivo de los humanos, sino también de otras especies. O sea, que existen patrones comunes que pueden hacer más fácil su investigación.

De hecho, existen numerosos grupos de investigadores, como Rebeca Roache (Universidad de Oxford), que han llevado la empatía al laboratorio de modo general y que, de modo particular, se están centrando en estudiar cómo la ciencia y la tecnología pueden modificar las penas a los criminales.

La administración de una simple píldora podría ser la forma de castigo más implacable imaginada. Ya saben, nadie puede escapar a sí mismo ni a sus propios pensamientos.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

Anuncios