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Sin pretender caer en la autocomplacencia y sin ánimo de molestar a otras disciplinas científicas, la vida, en último término, se puede reducir a proteínas; es decir, a química. Un denominador común que lo abarca todo y, lo más curioso, puede aportar soluciones a todo tipo de problemas o enigmas.

Creo que a esta altura de la película así lo han entendido los guionistas de las series policiacas, que son inconcebibles sin un buen laboratorio que analice todo tipo de sustancias para resolver de manera rocambolesca las más variadas situaciones.

Y lo comento ahora, sobre todo cuando parece que las vocaciones científicas discurren por una lenta pendiente. Ser un científico —o mejor dicho, dejarse llevar por un espíritu científico— no es incompatible con dedicar tu vida —tu trabajo— a asuntos de lo más variados.

Por ejemplo, si usted se decanta por ser un Indiana Jones del futuro, es decir, le apasiona la arqueología, puede hacerlo sin problemas y desvelar todo tipo de culturas o hábitos de otras civilizaciones simplemente siendo un humilde químico. Y para muestra, un botón:

Un grupo de químicos y de arqueólogos intentan explicarnos cómo vivían nuestros ancestros los íberos. El análisis de las sustancias que han quedado impregnadas en las vasijas desenterradas en los yacimientos nos ofrecen innumerables datos sobre la dieta de quienes la utilizaban: si eran grasas animales o vegetales y, dentro de los primeros, de qué tipo, rumiantes o no, y en función de la especie, saber si se procuraban de ellas a través de explotaciones estabuladas, de la caza o simplemente del comercio.

En función del tipo de utensilio, también se puede determinar si la dieta era común para toda la población o, por el contrario, se trataba de alimentos destinados para las clases aristocráticas, las plebeyas o para ritos religiosos —por ejemplo, el vino— o en función del sello saber si se utilizaba la cera de abeja para ceremonias rituales o para la conservación.

Eso sin contar los datos precisos sobre la edad de determinados restos que nos ofrecen protocolos perfectamente calibrados, como el del carbono 14.

Toda una panoplia de datos que van a permitir hacer un retrato sociológico e histórico de una cultura desaparecida hace miles de años. Ya ven, no todo consiste en calzarse el disfraz de explorador y salir sin más a la caza de tesoros ocultos. Para todo hace falta una formación y, sobre todo, sacudirnos prejuicios. Como el que los científicos somos marcianos que vivimos en un mundo de marcianos.

Camino García Balboa, doctora en Química

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