tabaco y gusto

Fumar, tal y como marcha la sociedad… la respuesta parece más que clara. ¡No gracias! Con esta premisa, parece fácil intentar escribir algo sobre abandonar este hábito o sencillamente para evitar que lo hagamos. Aun así, como desde estas páginas no tenemos vocación de organizarle la vida a nadie y creemos en la libertad individual de cada uno, vaya de antemano que nosotros practicamos el “dejar hacer…” y que no somos antinada, salvo anticonocimiento. Si algo debe de caracterizar el quehacer científico es la curiosidad o el ansia por saber; lo de decidir después el camino por el que se opta no nos preocupa. Así que, escrito lo escrito, para fumadores y no fumadores vaya la siguiente afirmación.

Seguro que han escuchado en boca de fumadores, si no es adicto al humo, o lo ha vivido en sus carnes, si lo es, que en ocasiones da igual lo que se coma porque todo sabe igual. No es el producto de una mala digestión, sino de que el tabaco acaba con nuestro sentido del gusto.

Una investigación realizada en Francia y publicada en Chemosensory Perception confirma no solo que el tabaco produce una pérdida del gusto, sino también un cambio en la estructura de las papilas fungiformes de la lengua, que es donde se encuentran las papilas gustativas.

No se trata del órgano más numeroso de nuestro cuerpo, tenemos un promedio de unas 10.000 papilas y de manera normal se regeneran cada quince días. El proceso, lógicamente, se ralentiza con la edad. Además de ser las responsables de que apreciemos los sabores, también nos ayudan a determinar si los alimentos están o no en buen estado y su información es imprescindible para que nuestro cerebro nos obsequie con la sensación de saciedad y nos proporciona el placer de degustar una comida.

Pero a lo que vamos, las sustancias tóxicas que combustionan con nuestro cigarrillo provocan esa atrofia de las papilas e impiden su regeneración, con el resultado de que casi el 20% de los fumadores no fueron capaces de identificar correctamente el sabor amargo del café, por ejemplo. Pero lo grave es que este daño colateral también afecta a quienes ya no cuentan con ese hábito. Prácticamente en la misma proporción los exfumadores también demostraron esa carencia a la hora de distinguir sabores.

Así que, si fuma y todavía tiene buen paladar, aprovéchelo, porque según la ciencia está condenado a perderlo mucho antes que el resto de los no fumadores. Aun así, si pierde el sentido del gusto, piense que todavía tiene otros cuatro para disfrutarlos plenamente… ¿Seguro? Bueno, eso lo dejamos para otro artículo.

Enrique Leite

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