pesadilla

Dormir y hacerlo plácidamente es uno de los objetivos que nos proponemos, sobre todo tras una jornada agotadora. Ahora bien, estos buenos deseos a veces se ven interrumpidos por las temibles pesadillas, esos sueños que nos provocan desazón y que en la mayoría de los casos acaban despertándonos. Y con la pesadilla, se acabó el descanso.

Hoy no nos adentraremos en la simbología que puedan expresar estos sueños desagradables —existe demasiada literatura al respecto— y, sobre todo, dejamos ese terreno para el desarrollo profesional de psicólogos y psicoanalistas. Así que, zapatero a tus zapatos y descartado el mundo onírico, nos concentraremos en la parte fisiológica, que aparentemente puede ser más aburrida pero de la cual se extraen importantes consecuencias en clave de medicina preventiva. Sí, porque de las pesadillas se puede obtener información sobre problemas de salud, presentes y futuros.

La fase REM, caracterizada por ser uno de los periodos del sueño donde se mantiene una alta actividad neurológica, está relacionada con el refuerzo y la consolidación de la memoria así como el momento clave para la resolución de conflictos. Si se interrumpe de  manera habitual —por pesadillas— es un marcador de que existe o puede existir un problema cardiaco. Por ejemplo, padecer insuficiencia coronaria dificulta la respiración y una mala respiración de manera prolongada conduce inevitablemente a alteraciones del sueño y a un brusco despertar.

Otro  aspecto  negativo relacionado con los despertares violentos es que provoca déficit de serotonina… y ya sabemos que su carencia es un presíntoma de desórdenes en la conducta —depresión—, pero también puede servir de alerta para detectar precozmente que se avecina una migraña. También hay quien sostiene que determinados sueños inquietantes son un anticipo de enfermedades como el Parkinson y, por supuesto, las mujeres, con nuestro especial universo, no nos libramos ya que los cambios hormonales presentes en el síndrome premenstrual o la menopausia influyen en nuestra temperatura y pueden desencadenar una pesadilla.

Del mismo modo, estar incubando una gripe puede conducirnos a la pesadilla, ya que nuestro sistema inmune, al activarse para defenderse de la infección, nos provoca pesadillas.

Ya ven que las pesadillas pueden ser una fuente constante de información que van más allá de la actividad de nuestro subconsciente. Aviso a los neuróticos: no todos los que padecen pesadillas son potenciales enfermos, pero tampoco es cuestión de tomarse este asunto a la ligera. Si es de los que no se abandonan a los brazos de Morfeo plácidamente de un tirón, no está de más comentárselo al médico de familia o profesional sanitario y, por qué no, acudir al especialista, porque dormir bien está al alcance de todos. Y porque toda la vida no es sueño y lo sueños son más que sueños. Así que… ¡felices sueños!

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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