gintonic

Si me pidieran que me definiera como ser humano, seguro que el apelativo de soso no entra en mis calificaciones. De hecho, sin ser la alegría de la huerta, no me considero en absoluto un ser aburrido y sin sentido del humor. Ahora bien, eso no quiere decir que sea asidua de locales nocturnos escasos de luz. Casi que me decanto por aquellos espacios donde se escancie un buen vino y se pueda mantener una agradable charla en lugar de esos tugurios oscuros donde los decibelios de una música que, reconozco, no entiendo tapen cualquier atisbo de conversación inteligente.

Aun así, de cuando en cuando me dejo llevar y aparco mis huesos en esos antros de perdición. Y en ocasiones, a falta de poder enhebrar dos palabras seguidas, me abstraigo y miro a mi alrededor. Una de esas noches, y les juro que no había probado ni un trago, me quedé absorta contemplando los brebajes fluorescentes que libaban los jóvenes a mi alrededor. 

No había ningún tipo de magia, eran simples gin tonics. Y aunque les parezca mentira, el responsable de tal reflejo no es el alcohol, sino la tónica. En concreto una de sus materias primas: la quinina, de quien depende el aroma de dicha bebida carbonatada.

La naturaleza es pródiga en sustancias fluorescentes —proteínas—, ya sean animales o plantas, cuyas potencialidades se están utilizando últimamente para la investigación científica y destripar a través de estas sustancias con luz propia como se desarrollan determinado tipo de patologías. Y tras esta pausa, volvamos al brebaje. La naturaleza ha obsequiado a la quinina —un alcaloide— con esta propiedad de brillar en la oscuridad. El proceso es sencillo, la quinina absorbe la luz ultravioleta o luz negra y refleja (proyecta) una luz azulada que resulta potenciada por la presencia de cítricos y azúcar en la bebida. La fluorescencia no es otra cosa que un proceso de intercambio entre la radiación y la materia, de modo que esta última absorbe la radiación electromagnética de la luz ambiente y la devuelve en forma de otra radiación con otra longitud de onda.

No pretendo ser original, pero seguro que alguno sacará de este post alguna idea que les sirva para entablar una conversación (que quién sabe en qué puede derivar) en uno de estos lugares donde los gin tonics se tornan fluorescentes… que no fosforescentes, ¿eh?

Camino García Balboa, doctora en Química

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