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Lo de la altura es algo que nos trae de cabeza a los humanos… por exceso y por defecto. Pero nos pongamos como nos pongamos, lo cierto es que ver el mundo desde arriba es una cuestión de evolución que nos acaba pasando su factura. Sencillamente, porque cuando nos diseñaron, no lo hicieron pensando en que nos moviéramos y sostuviéramos sobre nuestras dos patas traseras.

La columna vertebral no aguanta nuestro peso y, por mucho que hagamos ejercicio para reforzar la musculatura, tenemos perdida de antemano la batalla contra esa ley que nos hace, con el paso de los años, menguar o encoger.

De hecho, tampoco hace falta cumplir años para comprobarlo. Todos los días, si tenemos la paciencia de medirnos, podemos comprobar cómo al levantarnos marcamos una cifra en el escalímetro. Unos centímetros que no coincidirán si repetimos la operación antes de acostarnos. Se estima que a lo largo del día perdemos en torno a un centímetro porque las almohadillas ligadas a cada vértebra se comprimen con el peso corporal a medida que caminamos o permanecemos erguidos. Pero no se agobien, que con un poco de descanso las cosas vuelven a la normalidad.

Es lo que conocemos como los discos intervertebrales —los que devienen, con el tiempo y el descuido, en hernias discales—, un tejido que, a modo de esponja, amortiguan el peso de nuestro cuerpo.

Sin embargo, como ocurre con todos los materiales, el paso del tiempo hace de las suyas y llegará un momento en que la recuperación y rehidratación de los discos se atrofie, y el agua se quede en las vértebras pero no vuelva a los discos.

Genéricamente, a partir de los 30 vamos perdiendo el tejido magro y comienza el deterioro de las células. Por una parte, si no ponemos de nuestra parte, comienza el proceso de pérdida de masa muscular y los huesos comienzan a perder alguno de sus minerales. Es decir, se vuelven más frágiles o adelgazan.

No ocurre lo mismo con la cantidad de grasa corporal que tenemos. De hecho, comienza a expandirse, para algunos de manera alarmante. Pero volvamos a lo de la estatura. Esa pérdida se traduce en una tendencia a disminuir de talla, algo que es común a hombres y mujeres y a todas las razas y que se acelera al cumplir los 70, aunque puede observarse en algunos casos a los 40 (más o menos la edad calculada para la duración en perfectas condiciones de nuestra columna vertebral).

Frenar este deterioro pasa, indefectiblemente, por detener la pérdida de tejido muscular —o sea, hacer ejercicio— y no aumentar la grasa corporal —controlar la dieta—.

Eso, o a menguar como canijos.

Eduardo Costas, catedrático de Genética

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