cortejo

El cortejo. Qué bonita palabra y cuántos matices se esconden en su significado. Si nos limitamos al mundo animal, se podría reducir a la exhibición que realizan los individuos machos desplegando todos sus encantos para resultar elegidos para el apareamiento. En esa confusión de hormonas, las especies se distinguen por sus diferentes modos de expresarse: de los cabezazos y peleas exudando masculinidad de determinados herbívoros a las majestuosas danzas de las aves. Ellas, por su parte, se pueden dejar cortejar pasivamente o pueden participar en el ritual de ballet o de movimientos, incitando al macho a perseverar en su empeño.

Vayamos despejando elementos. En todo cortejo —bueno, en la mayoría—, los sonidos también tienen su papel. Unas melodías que van desde los simples ruidos o rugidos a la composición de acordes musicales. Porque la música juega su baza en ese arte de conquista y procreación. Tanto, que en su día el polémico Charles Darwin se atrevió a aventurar que los humanos hemos desarrollado esta cualidad como una parte trascendente del cortejo sexual. 

Ya ven, usted no fue el primero en deducir que ambientar la sala con románticos acordes para seducir a su pareja es un elemento para la consecución del éxito en su empresa. Así que añadamos esta cualidad a las muchas que ya posee, como la de “amansar a las fieras”. Al menos, partiendo de esta hipótesis un grupo de investigadores británicos realizó un experimento para saber si existe una relación entre la música y el cortejo sexual humano.

El trabajo intentaba probar “si la música evolucionó a través de la selección sexual”. Para ello sometieron a una serie de test a un grupo de mujeres (1.500) que debían responder sobre sus preferencias sexuales tras escuchar una serie de melodías, que iban de las más simples a las más complejas. Según se acercaban al ciclo de concepción —fértil— las féminas se decantaban por las composiciones más complejas y  lo más curioso es que preguntadas sobre preferencias sexuales se inclinaban por los autores de estas músicas frente a los, digamos, compositores más ramplones como compañeros para mantener una relación sexual no estable.

Para los autores de la investigación, es una primera prueba de que la música compleja resulta en términos sexuales más excitante para las mujeres que la simple y una probatura de que Darwin no estaba muy equivocado cuando formuló esta teoría. Eso, no obstante, no quiere decir que para tener éxito haya que convertirse forzosamente en compositor; simplemente prueba que para nosotros, como especie, la música es un asunto a tener en cuenta. Aun así, y a la vista de lo publicado, comienzo a entender un poco más el fenómeno fan o groupie y el atractivo sexual que tienen los vocalistas de alguno de los grupos del momento (aunque, particularmente, no los veo tan guapos).

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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