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Cuando escuchamos conceptos bienintencionados como “Justicia Universal” o “Paz en el Mundo”, malvados que somos, no dejamos de pensar en una colección de misses en la pasarela desgranando su discurso para demostrar a los jurados que, además de un cuerpo diez, las jóvenes están trufadas de buenos sentimientos.

No se nos vengan arriba, que hoy no toca hablar de misses ni de cuerpos esculturales ni de sexo. Hoy, sencillamente constatamos que tampoco la Ciencia se libra del egoísmo que prima en las relaciones sociales, sobre todo cuando las intentamos analizar de Norte a Sur, de ricos a pobres.

Una reciente investigación publicada en Plos One pone un doloroso dedo en la llaga: los pobres viven peor y mueren antes que los ricos y esa realidad parte de una no menos dolorosa conclusión: la investigación médica para erradicar enfermedades se realiza sobre todo en los países desarrollados y se centra fundamentalmente en las enfermedades que les afectan de forma directa. Es decir, que hasta que el Ébola —por ejemplo— no se instale entre los ricos para que no se destinen los suficientes recursos que permitan acabar con él. Desgraciadamente, el mapa de la enfermedad es local —no tan universal— y también en ciencia practicamos ese mal de mirarnos al ombligo.

El estudio compara las investigaciones médicas —los recursos— que se realizan en el planeta con la incidencia que puede tener determinadas enfermedades en diferentes —tanto en muertes como en condena al subdesarrollo porque condena a su población a estar crónicamente enferma o la diezma— y la conclusión resulta tan obvia como desesperanzadora: dedicamos —proporcionalmente— más recursos a erradicar determinados problemas, como por ejemplo enfermedades menores de piel, que en encontrar remedios para determinados parásitos que afectan de manera crónica a pueblos enteros.

Una de las razones que marcan esta tendencia radica en que no todos morimos igual. Los occidentales lo hacemos por afecciones relacionadas con la edad —con el agotamiento de nuestros órganos, enfermedades neurodegenerativas o cardiacas— mientras que en el resto del mundo, el señor de la Guadaña se presenta con una amplia gama de enfermedades infecciosas, parasitarias o perinatales.

También la ciencia está sometida a esa implacable ley de la oferta y la demanda y los inefables mercados. Y ya saben, si intervienen los mercados, la balanza se decanta por quien más tiene; es decir, el potencial mercado del Tercer Mundo es infinitamente más pequeño que el del Primero y, por lo tanto, en lo tocante a la salud, hay clientes de primera y de segunda.

Sin comentarios. Si no hacemos, y lo hacemos ya, transferencia de conocimiento poco o nada se hará por cerrar una brecha que se antoja cada día más grande.

Eduardo Costas, catedrático de Genética, y Enrique Leite

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