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El amor propio es una práctica tan antigua como la existencia del Homo Sapiens pero a la vez resulta una actividad discriminada y perseguida por las culturas dominantes —sea cual fuera— a lo largo de la Historia. Así que, marginado al territorio de lo prohibido, se han desarrollado una serie de prejuicios en torno al onanismo cuya base se podría resumir en “si lo que marca a todas las especies es la necesidad de reproducirse, la masturbación resulta una pérdida gratuita de materia prima”. Un concepto curioso de socialización del semen. Lo de las hembras, mejor ni comentarlo, porque reducidas a meras receptoras de la maternidad no tenían derecho al placer —ni el auto ni el procurado por su pareja—.

Así las cosas, tuvimos que esperar que don Sigmund bucease por los mecanismos del yo y del subsconciente para que una voz se elevara en el desierto predicando que “no es tan fiero el león como lo pintan” y que la autosexualidad, de entrada, es un elemento que baja nuestro nivel de estrés o ansiedad. Con la autoestimulación, el cerebro estimula la producción de dopamina y serotonina, dos hormonas que nos relajan y nos proporcionan la sensación de placer; vamos, que nos hacen estar bien con nosotros mismos. Es decir, que el sexo en general y la masturbación en particular mejora nuestra salud.

Pero no es el único beneficio que nos procura. A los del género masculino, vaciar de manera regular la glándula prostática actúa como elemento preventivo de bloqueos, infecciones e incluso reduce las probabilidades de padecer cáncer (las toxinas que causan el cáncer de próstata se acumulan en el tracto urogenital). Eso sin contar que gracias a la liberación de los depósitos, la producción de  los espermatozoides se estimula y se mantiene altos grados de calidad —mejora su movilidad—.

Y a las mujeres les supone una ayudita para abrir el cuello uterino, mejorar la musculatura pélvica y liberar fluidos cervicales; es decir, también reducen el riesgo de infecciones por la presencia de  bacterias.

Y por supuesto, eso sin contar que el vicio solitario —o en compañía— es un método anticonceptivo de primera magnitud y que evita el contagio de las temidas enfermedades de transmisión sexual.

Y a modo de traca final, hay que subrayar que este asunto no es un tema reservado en exclusiva para los seres humanos. Los animales también se masturban. Por ejemplo,  cuando hay competencia para conseguir los favores de la hembra, los machos jóvenes de iguana lo hacen para que cuando llegue el momento de la cópula tarden menos y eviten de este modo se expulsados por los otros machos. Y no hace falta comentar los hábitos masturbatorios —de ellos y ellas— de los primates. Las prácticas onanistas de caballos, perros, cabras o delfines están perfectamente descritas por Olivia Judson en su libro Consultorio sexual para todas las especies.

Pues, ¡hala!, a dar rienda suelta a sus instintos erradicando prejuicios morales.

Jesús Pintor, catedrático de Bioquímica y miembro de la RANF

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