trebol

A veces, cuando me quedo abstraído escuchando conversaciones ajenas —sí, soy de los que viven también pendientes de lo que ocurre a nuestro alrededor y, además de mi propia vida, me interesa bucear en caladeros ajenos por puro placer—, compruebo cómo los tópicos acuñados se apropian de muchas conversaciones.

Uno de los que más se repiten últimamente, quizás por aquello de vivir en tiempos de crisis económica, es el de la suerte o si fulanito está tocado por la diosa fortuna, ya sea en el trabajo, en sus relaciones o en el amor.  El éxito se puede definir como la capacidad que tenemos a lo largo de nuestra existencia de aprovechar las oportunidades.

Y tiene su intríngulis, porque por una parte está determinada por la toma de decisiones adecuadas, pero por otra —y no menos importante— por la cantidad de situaciones a las que nos podemos enfrentar. En definitiva, y reduciendo el asunto a estas dos variables, podemos decir que es una cuestión de probabilidades.

Pero no se trata de un juego de suma cero —la suma de las dos variables ha de resultar siempre la misma—, por lo tanto lo que nos puede granjear el éxito precisamente es aumentar esas probabilidades. O lo que viene a ser lo mismo, cuantos más boletos tengamos en la rifa, mayores posibilidades de ganar el pavo tendremos.

Aun así, hay que acertar —en el momento preciso y oportuno— y la naturaleza es pródiga en mostrarnos que el azar resulta determinante en la evolución, así que no merece la pena insistir por ese camino. Quedémosnos con el significado humano de esta palabra.

La suerte o su contrario —en sentido coloquial— es un invento de nuestra especie que nada tiene que ver con la ciencia, sino más bien con la superstición. Pero como ya sabemos que los humanos somos especialistas en desviarnos de las líneas rectas y adoptar como favoritas a las curvas, para los que creen en la suerte, desde una perspectiva puramente científica o estadística hay que tener en cuenta, en primer lugar, que sólo quien intenta algo podrá tener éxito —parece de Perogrullo— y  que —como ya hemos reseñado— cuantas más veces intentemos lograr cualquier cosa, más cerca estaremos de alcanzar el premio.

Que por mucho que nos toque alguien con la varita, sencillamente es un mero problema de cálculo de probabilidades. Lo demás, como ocurre con la magia, lo dejamos para los prestidigitadores.

Eduardo Costas, catedrático de Genética

Anuncios