huevi o gallina

Una de las polémicas científicas más prolíficas, y destructivas por qué no decirlo también, que ha alimentado los trabajos y teorías sobre la evolución de la vida en el planeta —vegetal o animal— radica en despejar una incógnita que se resume en una pregunta: ¿qué fue primero, el huevo o la gallina?

O dicho en términos más precisos, cuáles son los factores que priman en la evolución de los seres vivos y que les han permitido adaptarse a las condiciones hostiles y sobrevivir: los heredados —y por lo tanto trasmitidos a través de los genes de generación en generación— o los adquiridos —es decir, los cambios necesarios aprendidos o realizados para adecuarse a las condiciones del ambiente y cuya transmisión se realiza por el aprendizaje—.

Poniendo un ejemplo, las jirafas han desarrollado ese cuello tan largo (tiene las mismas siete vértebras que el resto de los mamíferos) porque se han adaptado a la necesidad de comer de las copas de los árboles cada vez más altos y alargaron su cuello, o bien, una mutación genética —en ese momento de un animal defectuoso— hizo que naciera una nueva especie cuellilarga que, a la postre, se convirtió en la superviviente.

Ambas teorías han coexistido con sus detractores y defensores —más o menos enfáticos y virulentos— a lo largo de los dos últimos siglos, hasta que Mendel puso fin a cualquier tipo de discusión posible: el factor genético es el que prima y el entorno es el que posibilita que las mutaciones que se producen de manera espontánea en todos los organismos salgan adelante o mueran. Aquello de nacer en el momento oportuno.

Eso y, sin duda, también la acción del ser humano, quien en la búsqueda continua de mejorar las condiciones de producción de aquello que consume ha logrado mediante la selección natural de las mejores especies un progreso a caballo entre lo natural y lo artificial.

Hace apenas un siglo, las vacas no daban más allá de cinco litros de leche; hoy, la producción media por animal es de 30. Los pollos tardaban en criarse y ser aptos para el consumo entre tres o cuatro meses, en lugar de las tres semanas actuales. Y no era posible tener determinadas cosechas a lo largo de todo el año y tenía que limitarse su producción a una estación en concreto.

Blanco o negro, Real Madrid o Barcelona, PSOE o PP, Coca-Cola o Pepsi, carne o pescado… Ya lo decía Machado: “Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. O, lo que es peor, una le dará un españazo a la otra. La ciencia, afortunadamente, está hecha por personas y, por lo tanto, no escapa a sus miserias y grandezas, así que tampoco se aleja de esa eterna dicotomía en la que se debate el ser humano.

Eduardo Costas, catedrático de Genética

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