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Cuando jugamos a cara o cruz o a la ruleta pensamos —en algunos casos— que ganar depende tan solo del cálculo de probabilidades. Es decir, que es una cuestión puramente matemática. Siendo cierto en parte, existen otros elementos que hacen que esas probabilidades se decanten por una de las opciones. Por ejemplo, en función del material y el cuño de la moneda, su peso hace que las veces que caiga preferentemente de una manera (algo parecido al misterio del porqué cae siempre la tostada al suelo del lado untado por la mermelada).

Luego vinieron los estudiosos de las teorías de juegos y establecieron patrones universales que hacen que tomemos decisiones siempre en la misma dirección. Por ejemplo, el llamado equilibrio de Nash se basa en que en un juego de azar donde se debe elegir entre tres opciones —como el piedra, papel o tijera— para ser impredecible y que no se puedan anticipar a tus jugadas las opciones deben elegirse completamente al azar.

Ahora bien, contradiciendo la teoría clásica, resulta que cuando nos involucramos en cualquier juego entran nuevas variables en acción. Unas nuevas variables que pueden hacer absolutamente predecible nuestro comportamiento.

Un grupo de investigadores quiso probar si es cierta esa capacidad de predecir los comportamientos y sometió a un grupo de personas al experimento de jugar a piedra, papel o tijera y cebarlos otorgando una recompensa económica por cada partida ganada. Y curiosamente, obtuvieron un patrón de comportamiento general que  te puede permitir anticipar las jugadas de tus oponentes.

Para sorpresa de los científicos, cuando uno gana, tiende a repetir la jugada en las siguientes series. Es decir, que si ganamos sacando papel una vez, volveremos a sacar la mano extendida más veces de lo que prevé el azar. En cambio, si perdemos, nuestra tendencia es a cambiar de elección y, paradójicamente, en el orden del juego.

Una respuesta condicionada por nuestro cerebro que asocia el hecho de ganar a mantener la jugada y el de perder a cambiarla.

Según los científicos, parece que, como especie, estamos programados para ganar y respondemos automáticamente a repetir aquello que nos hace obtener la recompensa. No obstante, descrito el mecanismo, ya vendrá un listillo que se aproveche de este condicionante acomode sus reacciones para leernos el pensamiento y hacernos perder una y otra vez.

Lo dicho, parece que eso de ganar nos gusta más que un caramelo a un chaval.

 Jesús Pintor, catedrático de Bioquímica y miembro de la RANF

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