earth

Los datos resultan tozudos, aunque no necesariamente inevitables, y nos enfrentamos de manera real a la sexta gran extinción desde que la vida anidó en la Tierra. En este caso, como se viene comentando, esta gran desaparición no se debe a causas naturales, sino a la acción de una especie invasora, la más devastadora imaginable: el ser humano.

Esta nueva luz roja sobre nuestra conciencia se ha encendido por un estudio publicado en Science. El titular no puede ser más alarmante, las especies se extinguen a un ritmo diez veces más rápido que antes de que los Sapiens se irguieran sobre sus dos patas y desarrollaran su inteligencia.

La cadencia descrita por el grupo de científicos autores de la investigación resulta rápida, unas 1.000 veces más. La tasa de extinción ronda el uno por millón. O sea, que cada año desaparecen entre 100 y 1.000 tipos de animales o plantas. Una sangría desde luego que afecta a toda la diversidad en el planeta (no vamos a incidir ahora en el efecto dominó sobre los ecosistemas que supone alterar el equilibrio que se alcanza con todas las especies que lo pueblan).

Los investigadores encuentran una aterradora coincidencia entre la peor extinción masiva y esta sexta que vaticinan. Entonces, hace más de 250 millones de años, se produjo un radical cambio en el clima de la Tierra. Un cambio de temperatura que arrojó un saldo que debiera golpearnos duramente sobre nuestra mente: desapareció el 90% de las especies que por entonces habitaban entre nosotros.

En aquella ocasión, la responsable de tan brusco cambio fue una invasión microbiana. Unos microorganismos denominados methanosarcina cuyo metabolismo hizo que se arrojaran a la atmósfera millones y millones de toneladas de metano. Este gas, además de hacer irrespirable el ambiente, contribuyó a acidificar los océanos.

De nada valdrá realizar este tipo de vaticinios preocupantes si no tomamos medidas para evitarlo. Desde luego, estamos a tiempo para frenar la hecatombe. Aunque cuando veo por televisión a los líderes —sean políticos o económicos— del mundo civilizado, dudo mucho de que sean realmente conscientes de que supeditar todo al crecimiento económico es el paso al frente que da alguien cuando está situado frente al abismo.

El único consuelo que me queda es pensar que siempre alguna especie sobrevivirá a la catástrofe y que la evolución futura, quizás, dé como resultado el desarrollo de seres inteligentes —más que nosotros— que muestren algo más de respeto por la vida. Aunque nosotros, como especie, no viviremos para contarlo.

A. Luengo

Anuncios