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Vivir en pareja. Dicen que es el estado ideal, pero tras una dura jornada laboral y de convivencia llega el momento de irse a la cama… y  que los señores no  piensen en lo único: irse a la cama, sí,pero a dormir. Y es entonces  cuando se despliega la guerra de sexos… y el juego sucio.La lucha por apoderarse de la posición central, quién se apropia de más porciones de manta, edredón o sábana: que si un codazo para que cesen los ronquidos, que si una patadita para que se vaya a su esquina… ¡Vamos!, lo normal.

Normal hasta que llega un científico con ganas de enredar, y va y lo lía todo. Como lo están leyendo… De posturas y posiciones se pueden extraer una serie de reglas universales de las que se podría escribir un decálogo que  determine el grado de felicidad de una pareja. Está claro que un investigador con una encuesta acaba resultando más peligroso que un mono cargado con dos pistolas. 

A lo nuestro, a un tal Richard Wiseman, psicólogo y profesor en la Universidad de Hertfordshire, se le ocurrió adentrarse por el proceloso mundo de la noche —cuando no hay actividad sexual— de las parejas. De entrada, encontró que mayoritariamente ellos y ellas prefieren o darse la espalda para conciliar el sueño o acurrucarse e intentar acoger a Morfeo abrazaditos.

Pero yendo al ránking,  que es lo que  interesa y, sobre todo, a las conclusiones obtenidas: si usted y su contrari@ duermen de espaldas y mantienen el contacto, están de enhorabuena, son dos personas dinámicas que mantienen una relación estable en términos de confianza. Ahora bien, si levantan un muro ante ambos,  lo que dan a entender es que hay un conflicto en la pareja.

Si  se adormilan frente a frente sin tocarse, ojito que están mandando un mensaje a su compañer@ de que necesitan mayor intimidad. Pero si se abrazan, estarán demostrando que la llama de la pasión aun titila entre ambos.

Y cavilando, cavilando, yo me pregunto —malvada que es una— cuál sería la conclusión del investigador si analizara lo que ocurre a lo largo de toda una noche. Porque, sinceramente, cuando me voy a la cama, si he tenido un buen día, tiendo a abrazarme y acurrucarme, pero inevitablemente me despierto en una esquina de la cama dando ostensiblemente la espalda a mi cónyuge… y abrazada a mi Kalúa, la pelona, orejotas y déspota de mi perra. ¿Querrá  eso decir que  tras el sueño añoro los mimos caninos o que me levanto odiando  profundamente a mi santo,( aunque me acueste feliz a su lado) ? Algo natural, por otra parte.

Y,en invierno ¿ no me pegaré como una lapa en busca de calor humano y  huiré como gato escaldado en verano porque no hay quien aguante a la estufa humana que tengo al lado?

Yo,por mi parte, creo que voy a dejar el café durante una temporada.Pero  esta noche, cuando se acuesten,no se enreden y simplemente descansen con su pareja como todos los días. Siempre puede surgir otro estudio que invalide estos resultados. Que descansen.

 Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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