asentamiento urbano

Uno de los asuntos que ocupa tiempo y destino de buena parte de los paleontólogos es la transición de cazadores a recolectores que realizó el ser humano, gracias a la cual o por culpa de ella —según se mire— se posibilitó el posterior desarrollo de nuestra especie y el teórico grado de bienestar que hemos alcanzado (los asentamientos estables permitieron los avances tecnológicos de los que hacemos gala y quién sabe si nos precipitarán directamente hacia nuestra extinción).

En Nature publican un curioso descubrimiento: la composición genética de un individuo del Neolítico enterrado en Suecia (Gök4) guarda una similitud sorprendente con la de los mediterráneos de hoy en día; lo que nos da pistas acerca de cómo se pudo propagar la agricultura en Europa y alimenta el debate sobre si el paso a ser agricultores se debió a las migraciones de poblaciones por el continente —que ya poseían la técnica para cultivar el suelo— o fue un proceso simultáneo, pero independiente, que se produjo de manera aleatoria en diferentes zonas  al mismo tiempo.

En el trabajo de campo, el estudio dirigido por Pontus Skoglund, se secuenciaron casi 250 millones de pares de bases de los restos óseos de cuatro individuos: el mencionado Gök4 y otros tres. Todos habían vivido en el mismo periodo. Curiosamente, el rastro del ADN indica que el agricultor (una mujer) presentaba rasgos diferenciales notables con los otros tres, que eran cazadores. Así, mientras Gök presentaba un ADN similar a los actuales habitantes de Chipre (por ejemplo), los cazadores muestran una gran similitud con el ADN de los finlandeses.

Estas diferencias en su carnet biológico y sus profesiones (cazar o cultivar) apuntala, a juicio de los investigadores, la tesis de que la agricultura se difundió por Europa gracias a los flujos de migraciones de habitantes del Mediterráneo hacia el Atlántico. Pero —siempre aparece el polémico adverbio en Ciencia— obtener una conclusión general de un solo estudio resulta un poco corto.

Simplemente es un inicio prometedor que abre una vía de futuro en el mundo de la genética. Una línea que pasará por ampliar los estudios genéticos con el objetivo de encontrar señales o marcadores que pongan de manifiesto las diferencias de comportamiento entre ambos grupos. Ya sabemos que determinados genes influyen en nuestra manera de interactuar con el entorno y a partir de este conocimiento bastaría con comparar los mapas de cazadores y de agricultores para ofrecer una explicación más detallada de cómo se produjo la transición.

Queramos o no, parece que nuestra huella genética acabará por ofrecernos numerosas explicaciones sobre cómo somos y por qué nos comportamos de esta manera.

Enrique Leite, periodista, y Eduardo Costas, catedrático de Genética

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