lágrima

La lágrima no es un rasgo que nos diferencie de otras especies… en principio.  Nuestros ojos, y los de otros animales, necesitan ser protegidos y humedecidos a través de la emisión de ese líquido que los mantiene libres de impurezas y evita, de este modo, focos de infecciones.

Pero en este momento no me refiero a la función lubricante de las lágrimas, sino a aquella otra —refleja— que nos permite expresar emociones, ya sean motivadas por dolor físico o emocional. A esas que también nos diferencian de los hombres y que hacen que a nosotras se nos considere más lloronas y, por ende, mas débiles emocionalmente. Y no es un tópico al uso. Lloramos de diferente modo, en cantidad sobre todo, y la culpa, amigas, la tiene la testosterona.

Esta hormona, presente en los dos géneros pero de manera más acusada en los varones, actúa como freno ante el derramamiento de lágrimas. Y lo hace porque su acción contribuye a aumentar el umbral entre el estímulo emocional (esa señal que manda un área de nuestro cerebro, la amígdala, y cuya respuesta es la secreción de lágrimas) y el llanto.

Bioquímicamente, este líquido acuoso tiene una composición similar a la de la saliva: proteínas, sal y hormonas. Lo curioso es que las lágrimas de dolor no tienen la misma composición que las otras. Las emocionales son más ricas en proteínas.

Y sobre todo contienen una hormona, la prolactina. Y en su producción, las mujeres somos más eficaces que nuestros contrarios. Secretada por la hipófisis, es la encargada de estimular la producción de leche tras el embarazo.  Y aunque en mujeres no embarazadas la cantidad es pequeña, cuando alcanzamos los 18 años ya nuestros niveles de prolactina superan entre un 50% y un 60% al de los hombres.

Vistas al microscopio, las glándulas lacrimales tampoco son iguales. Los conductos de los hombres son más largos y, claro, si tienen que recorrer mayor trecho y la testosterona actúa como freno, parece lógico deducir que la suma de estos elementos haga que los hombres sean menos proclives al llanto (tarda más en aflorar).

En cambio, los  ancianos, que producen menos testosterona, aunque tengan los conductos más largos, son de lágrima fácil.

Dada la explicación bioquímica a un efecto medible, cabe colegir que el  hecho de que los varones no lloren no significa que tengan menos emociones que nosotras, simplemente ocurre que por pura fisiología están menos predispuestos al llanto. Lo de quién siente más o menos intensamente es una cuestión que queda para otras disciplinas de la ciencia. Por mi parte, como últimamente ando liada con estas cuestiones de estereotipos de género, permítanme una invitación a la reflexion a  aquellos que siguen considerando que la no expresión de emociones, propia del universo  masculino, sugiere cierta superioridad emocional.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

Anuncios