Foto de Joe Robertson

Foto de Joe Robertson

Hay humanos que abominan del mundo animal, creyéndose, cómo no, superiores. Yo, sin embargo, soy de las que se emocionan viendo esos vídeos de animales que pueblan la red, que periódicamente recibo y que muestran una cara de esos peludos que se asemejan, cuando no superan, los comportamientos humanos. ¡Qué le voy a hacer! Reconozco que es mi mejor vena. La sensible… o eso…

Pero hoy estoy un poco  triste porque me acabo de enterar de que uno de los protagonistas de esos envíos nos ha dejado para siempre. Se trata de Milo, un macho de nutria marina que hace unos años nos conmocionó por un gesto: dormir plácidamente junto a su pareja cogido amorosamente de la mano.

Ese sencillo gesto de protección y unión hacia su compañera sentimental vuelve a replantearnos la cuestión de la empatía animal y que la inteligencia, afortunadamente, no es patrimonio en exclusiva de los humanos. 

Las nutrias son unos mamíferos sociales y sociables que pueblan ríos y mares. Cuentan con una serie de rasgos que los hacen sobresalir por su inteligencia.  No solo se protegen, por eso se agarran: y al encontrar una mano amiga evitan las molestas corrientes que les pueden alejar del grupo y llevarlas a zonas donde sean presa fácil de depredadores. También se valen de piedras —herramientas— que colocan sobre su pecho para poder partir la cáscara de los moluscos y alimentarse.

Además, destacan por su carácter juguetón y entre sus curiosos hábitos, las nutrias marinas, cuando bajan las temperaturas, se confeccionan una manta. Cual hábiles modistas, se envuelven en algas para mantener elevada su temperatura corporal. Pero si en algo destacan estos pequeños mamíferos es en su capacidad de comunicación.

Son unas parlanchinas incansables y cuentan con un sistema de comunicación que hace, por ejemplo, que madres e hijos siempre se reconozcan. Sus modos de interacción son variados y pasan desde gritos, chirridos, chillidos a, incluso, sonidos que asemejan risas —son animales que expresan y demuestran su felicidad—. Estos sonidos les valen para mantener su jerarquía, su orden y, por supuesto, para la alerta  de peligros o demostrar su afectividad.

Manifiestan este cariño, sobre todo, por la manera de tocarse y cómo se colocan cuando están juntas, su postura personal.

Pero a mí me robó el corazón comprobar cómo un gesto tan natural y tan humano como tocarse y agarrarse de la mano dice tanto de estos pequeños animales. Por cierto, en  peligro, como casi siempre,  gracias a la acción del hombre. Mi mano tiendo a estos inconscientes que son… como perrillos de agua.

Laura Castillo Casi, enfermera y periodista

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