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Ese tiempo tan raro, allá cuando los dinosaurios poblaban la Tierra o cuando neandertales y sapiens convivían o se disputaban en mismo espacio, representa un momento muy dado para la especulación y la inventiva. Atractivo, en cualquier caso. Y como la historia la escriben los vencedores, ha quedado en el imaginario colectivo que nosotros, los que ganamos la partida de la supervivencia, quedamos por delante gracias a nuestra superior inteligencia.

Afortunadamente, los paleontólogos no participan de este orgullo sapiens y ponen luz sobre este tipo de hipótesis de superioridad que no se sustentan en nada científico. De hecho, y al margen de otro tipo de consideraciones, los restos hallados nos indican bien a las claras que nuestros primos rubios conocían perfectamente su entorno.

Tanto, que eran capaces de organizar una dieta variada en función de las fuentes de alimentación. Del mismo modo, es conocido que como seres que vivían en colectividad, se organizaban para cazar, se comunicaban entre sí y tenían capacidad para adaptarse a los nuevos hábitats.

Entonces, ¿por qué se extinguieron? Ese sigue siendo el misterio por resolver. Descartado el asunto de la inteligencia, algunos investigadores se decantan por la teoría de que el cruce entre ambas especies, o si lo prefieren, el decantarse por intentar ligar con los amigos procedentes de África —ya saben, eso de la irresistible atracción que provocan los extranjeros cuando llegan a las pandillas y encandilan a todos y todas— acabó por crear individuos menos fértiles o, sencillamente, porque como los rubios vivían en comunidades pequeñas, la endogamia acabó con ellos.

El caso es que a falta de una explicación coherente y certera, los investigadores, como ocurre siempre en Ciencia, tienen que trabajar descartando teorías y la de la falta de inteligencia parece que es una de las que ya hay que quitar de entre los argumentos que justifiquen la desaparición de esta especie.

Todo sea por salvar el orgullo —que también lo deberían tener— de ser neandertal. Al fin y al cabo, una parte de nosotros porta sus genes.

Lara de Miguel y Beatriz Baselga

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